sábado, marzo 27, 2004

La pasión del cardenal

A propósito de la película de Mel Gibson y la polémica que ha levantado, un canal de televisión local entrevistó al cardenal Juan Luis Cipriani.

El cardenal manifestó que la película podía servir para acercar a los creyentes a la Iglesia ya que se humanizaba a los personajes bíblicos que en otros filmes sueles aparecer muy idealizados. Pues Cipriani ve a la María de Gibson en el rol de madre afectada por el vía crucis de su pequeño hijo y un Cristo que realmente sufre cuando es torturado.

Tales declaraciones no dejaron de provocarme cierta extrañeza. No podía creer lo que oía. Una persona con tantas capacidades e inteligencia como el purpurado (demostrado, ha, que no tiene un pelo de tonto) era incapaz de cierta abstracción.

Cipriani, esa suerte de Richelieu contemporáneo, es conocido por su labor como obispo en el departamento de Ayacucho, cuna de Sendero Luminoso (SL) y ejemplo más claro de la violencia terrorista. Miembro del Opus Dei, derechista radical, se hizo popular cuando ante la represión de las fuerzas del orden que en nombre de la pacificación asesinaban a todo un pueblo por eliminar a un terrorista o desaparecían forzosamente a cualquier sospechoso de simpatizar con SL, opinó que “los Derechos Humanos son una cojudez”. Cómo no ver a María en las lágrimas de las madres de los desaparecidos o terroristas asesinados extrajudicialmente. Cómo no ver a Cristo crucificado en las mujeres violadas por militares o en los torturados por aquellos que debían protegerlos.

Pese a lo que se pueda creer, Cipriani no es un sujeto ajeno a la sensibilidad. Recordamos sus lágrimas luego de la retoma de la residencia del embajador de Japón secuestrada por terroristas del MRTA. Cuando en su rol de confesor de emerretistas y rehenes sirvió como caballo de Troya para introducir los micrófonos con los que se facilitó la incursión militar que terminó con la muerte de 17 personas.

No creemos que exista alguna mala intención en el cardenal. Quizás, agobiado por el día a día olvidó ver más allá del corto plazo y el fácil camino del exterminio. Quizá todo ocurrió a pesar suyo en su afán de llevar su diócesis adelante pactó con Fujimori y por no alarmar a la población, calló ante tanto atropello. Quizá, pese a todo, tengamos mucho que agradecer al buen Juan Luis.

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