domingo, marzo 14, 2004

Tribulaciones de un joven periodista en el mundo laboral

“Señores navegantes, damas y caballeros, con el debido respeto que se merecen. Quien les habla es un humilde estudiante universitario que está a punto de terminar su carrera. Como muchos jóvenes, ante la recesión, no me queda otra que salir a trabajar y afrontar la realidad de la vida”.

Esta podría ser una buena introducción para explicar más recientes angustias ante la incertidumbre del futuro y dificultades económicas de quienes superamos de largo los 18 años y ya no queremos ser mantenidos por nuestros padres… o mejor dicho que ya nuestros padres no quieren mantenernos.

Ante todo está el vil metal, que cada vez hace más falta, y de otro lado la realización profesional ante las limitaciones del medio. Encontré un par de oportunidades de mejorar la cuestión económica mientras aprendía facetas desconocidas de la profesión.

Un buen día abrí mi correo electrónico y encontré un mensaje de la bolsa de trabajo de la universidad. Una institución estatal ofrecía dos plazas, una práctica y un trabajo, respectivamente. Postulé a ambos. Por esas casualidades de la vida, el encargado de la selección de los practicantes era una persona con la que había tenido contacto anteriormente debido a mi actual trabajo. En primera instancia le había parecido que tenía un buen curriculum (me refiero a mis papeles). Sin embargo el puesto era algo incierto ya que primero debían consolidarse algunas relaciones políticas. Hasta que eso se lograra, mi cambio de trabajo quedaba en stand-by.

Acudí a mi segundo recurso. A mediados del año pasado acudí a una entrevista a otra institución estatal, pese a que estaban dispuestos a trabajar conmigo, mi nutrido horario de clases me lo impidió, así que la persona encargada me dijo que estaría la vacante esperando por mí hasta que yo pudiera.
Ahora era cuando. Envié mi solicitud vía correo electrónico junto con mi horario de clases. Días después recibo un mensaje que anunciaba mi primer shock de la semana. El mensaje llevaba el título de “Horario complicado”, ¿debo explicar más?

Digo el primer shock, porque el segundo se dio al día siguiente en que encendí mi teléfono celular, tras un día de permanecer apagado por batería baja. El servicio me informa que habían intentado comunicarse conmigo. Uno de los números telefónicos me pareció conocido. Confirmé en internet y… ¡oh sorpresa! era del puesto del que hablaba al principio. Mi rostro se iluminó corrí al teléfono y llamé. Se aproximaba mi segundo shock: el encargado había tratado de comunicarse conmigo el día anterior, pero al no responderle desistió y llamó a otra persona.

Me habría echado a llorar como después de la palmada que me dio el obstetra que atendió a mi madre en el hospital Rebagliatti, de no ser por los generosos brazos de mi novia, que me acompañaba en ese momento.

Un poco más repuesto, al día siguiente me levanto temprano para la reunión que tenía en mi trabajo. Luego de tratar temas referidos a la institución, mi jefa inmediata superior me llama a su oficina. “Solo se puede tratar de un tema –pienso rumbo al aposento mientras camino como el condenado al paredón– mi situación laboral”. Meses antes una trabajadora me había comentado algo sobre una posible promoción de practicante a empleado, con mayor sueldo y más responsabilidades, se entiende. Sin embargo, con el paso del tiempo, mis esperanzas se habían disipado, no sin cierto sentimiento de monotonía respecto al trabajo. En efecto, mi situación laboral era el tema, además de hablar sobre cómo me sentía en la institución, mi situación en la universidad y la proximidad del fin de mi contrato.

Luego de lo cual mi jefa manifestó sus deseos de que permaneciera en el equipo y que evaluaría mi cambio de estatus… a mediados de agosto. En medio de mi tercer shock pensaba “será una señal de que dios existe”, “es el fin de los tiempos” para finalmente arribar en “lo que no me mata, me hace más fuerte”.

Por supuesto que mi novia no deja de darme su incondicional apoyo, mientras que por el messenger, una amiga me dice que ya encontraré algo, ya que me lo merezco. Sin embargo yo no dejo de pensar en Van Gogh o Vallejo que murieron en la miseria y otros miserables contemporáneos que disfrutan de su libertad y del dinero que le robaron al país.

“No crean que vengo con las manos vacías, traigo muchas ganas de hacer un buen trabajo y mucha capacidad. Para finalizar, pasaré por sus asientos repartiendo mis curriculum vitae, espero que no me den la espalda”

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