domingo, junio 27, 2004

Muchas veces había escuchado que una persona no puede desarrollar completamente su capacidad de amar, si no podía querer a un animal. Yo no lo creía hasta antes de Cahuide. A partir de él puedo comprender lo que es querer a un ser que depende totalmente de su amo o de la familia que lo cobija bajo su techo. Depende para alimentarse, para beber agua, para cobijarse, para jugar o siquiera para salir a caminar a la calle. A cambio de todo ello nos dan su amor incondicional y desinteresado, nos mueven la colita y muestran la panza en espera de nuestras caricias.
Anoche fui el lamentable testigo del cruel atropello de Rambo, un pequeño perro de una calle cercana a mi casa. El victimario no fue capaz siquiera de detenerse cuando el cuerpo del pobre había dado dos vueltas bajo las dos llantas del vehículo. Qué hacer en ese momento. Qué sería mejor para el pobre Rambo. Sobrevivir bajo las secuelas del accidente o una prolongada agonía. Hechos como este me hacen notar lo absurdo de la muerte. Como en un momento un ser puede estar vivo y, de un momento a otro no ser nada. Irreparablemente nada. Probablemente Rambo esté mejor ahora que durante su vida de enfermedad y abandono. Pero no merecía aquel sufrimiento final.

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