sábado, diciembre 25, 2004

La última Navidad

Llegó silenciosa. Aquella vez nada me emocionaba, no le encontraba sentido a estar despierto hasta las 12. Llegada la hora, todos se saludaron. Yo tuve que saludar y sonreír, pero luego me fui. Me escondí en un dormitorio y lloré. No sabía por qué, y eso era lo peor.
Mamá pensaba que era porque ese año había salido a repartir pan y chocolate caliente a la gente de la calle que no tiene casa ni comida ni donde pasar la Navidad, pero no. Ni siquiera eso me conmovió. Aquello se repitió en los años sucesivos. Hasta que me di cuenta de que aquello ya no era para mí.

Creo que para mí, la Navidad terminó cuando ya no hubo regalos. O mejor dicho, cuando no eran lo que esperaba. Quizá porque desde chico te enseñan que Navidad es recibir regalos o porque en un momento de tu vida descubres que ni tu familia, la gente que mejor te conoce, tiene idea de qué es lo que piensas o lo que quieres. Pero allí no acaba todo, hay otro paso antes de que la Navidad se convierta en un día cualquiera. Cuando nadie tiene un detalle bonito. Cuando no hay nada inesperado.

A lo largo de mis veintitantas Navidades he recibido muchos regalos, de los cuales solo recuerdo uno. Hubo un año, hace ya mucho tiempo, en que entre los regalos que recibí, encontré un llavero de metal. Era un Fido Dido montado en un “canguro”, que es una especie de palo con manubrios y pedales con un resorte en la parte inferior, en el cual la persona montada salta impulsándose con el resorte. Me lo había regalado mi tío Juan, quien nunca antes me había regalado algo. Era algo inesperado y me pareció un gesto bonito, creo que por ello hasta ahora lo recuerdo con cariño y hasta ahora uso el llavero.

No recuerdo haber creído en Santa Claus. Cuando era niño, llegadas la medianoche, nos saludábamos, salíamos a la puerta de la casa a ver los pirotécnicos y al regresar al arbolito encontrábamos los regalos. Mis papas me decían que era Papa Noel, pero yo sabía que los regalos los habían comprado ellos y mis tías, pero no les decía nada. Si ellos pensaban que yo creía en Papá Noel, yo no era quien debía quitarles la ilusión.

A veces hay cosas que hacemos por los demás, y eso es la Navidad para mí. Estar allí para que los demás se sientan bien, y sentirme bien porque si no estuviera allí, alguien me extrañaría. Cuando tienes más de dos décadas de edad, celebrar el nacimiento de un dios en el cual no crees, debe tomar otro sentido, para no amargarse, para no deprimirse. Y ese, quizá para mí, sea el ser sincero y lanzar una mentira blanca. Sincero en decirle a todos mis amigos y a mi familia, cuánto los quiero y mentirles habiéndoles creer que les digo eso por que es Navidad.

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