lunes, septiembre 12, 2005

Justicia o ensañamiento

Caso 1: Supongamos que caminas por la calle y, de pronto, alguien pasa corriendo por tu costado y te quita el bolso donde llevabas 400 soles. Detrás del ladrón va un policía que en poco tiempo lo atrapa. Te devuelven el bolso. Denuncias al ladrón y el delincuente tendrá que pasar algunos años tras las rejas. Digamos que se hizo justicia. Recuperaste tus pertenencias y el ladrón recibió su merecido.

Caso 2: uno de esos malos días, vas manejando y le das un raspón a otro auto. Te bajas, acuerdas pagar la pintura del auto y todo se soluciona. Admites tu culpa y el otro conductor será resarcido.

Ahora, imaginemos que en el primer caso, una vez que el policía agarró al ladrón, descargas tu furia en él. Le golpeas el rostro, el abdomen y las zonas sensibles para luego recuperar tus cosas y denunciarlo por robo. En el segundo caso, le pagas el costo de la pintura al otro conductor, luego de lo cual este saca un martillo de su auto y destruye tu parabrisas, pincha las llantas y araña el resto de la pintura.
En estos desafortunados desenlaces, ya no hablaríamos de justicia, sino de ensañamiento y abuso. Lo mismo sucede en otros aspectos. En estos días ha comenzado a discutirse nuevamente la pena de muerte, la castración física o química para los violadores. Por qué apelar a soluciones tan radicales. Sabemos que la integridad física es uno de los derechos más apreciados. Todos queremos conservar en buen estado nuestro cuerpo o por lo menos tenerlo completo. Es por ello que atentados como el asesinato o la violación son tan repudiados en nuestra sociedad. Si bien es censurable que una persona atente contra nuestra integridad, es repudiable del mismo modo atentar contra la de otra persona, por más daño que haya causado.
¿Por qué defender la vida y la integridad física de un violador si este atentó contra la nuestra o de un ser querido? En lógica existe un principio llamado “falacia ad hominem” que explica que es equivocado desechar un argumento invalidando a la fuente. Es decir, si yo creo que un objeto es redondo y otra persona me dice que es cuadrado, yo no puedo anular su argumento por características personales de la persona. En otras palabras, yo no puedo decir que el objeto es redondo porque la persona que dijo que era cuadrado es ignorante, mentirosa, ciega o fea. Para comprobar que el objeto es, efectivamente, redondo, debo contrastar mis argumentos con los de la otra persona y comprobar su validez. Es decir, verificar que no tenga ángulos o que no esté compuesta por líneas rectas, por ejemplo. (Si no me entienden, dejen sus comentarios al final, gustosamente trataré de explicarme mejor). Es decir que no es válido argumentar que debemos arrancarle un ojo porque esa persona nos quitó un ojo antes. No existe nada que justifique el atentado contra la integridad. A nuestra sociedad le ha costado muchos años evolucionar para llegar a ser lo que es hoy en día. Institucionalizar la muerte y el sufrimiento de un tercero sería dar un paso atrás. El hacerlo, aunque sea bajo un marco legal, nos convierte inmediatamente en violadores, asesinos o terroristas, todo aquello contra lo que queríamos luchar. Qué haremos entonces, ¿condenarnos a muerte a nosotros mismos?
Entonces si no matamos, ¿por lo menos podemos apelar a la castración química? En nuestro país, donde las cárceles se hacinan con sospechosos que esperan años antes de que se lleve a cabo su juicio; donde los inocentes son condenados y los culpables son declarados inocentes; donde se busca chivos expiatorios; donde el Poder Judicial se equivoca con la misma frecuencia con la que los jueces respiran, cómo asegurar que sería diferente. Cómo asegurar que no castigaremos a la persona equivocada. Si vamos a castrar, química o físicamente a los violadores, entonces amputemos brazos y piernas a los ladrones, lobotomicemos a los desadaptados sociales. Mutilar a una persona es como matarla de a pocos, asesinarla en vida. Personalmente, aunque puede que este no sea un pensamiento universal, preferiría morir a dejar de verme al espejo cada mañana, dejar de saborear mi desayuno, dejar de sentir el viento en mi piel. Si para una persona culpable, algo así puede resultar terrible, imaginemos lo que sería para un inocente. Ejemplos sobran. Si no, recordemos al Monstruo de Armendáriz, que ya no puede clamar por su inocencia por estar varios metros bajo tierra con el cuerpo podrido, pero la conciencia tranquila.

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