viernes, septiembre 09, 2005

Mascafierro II, la tortura continúa

“Pásame los tubos, el alambre y el alicate”. Curiosamente, no se trata del gaseoducto del gas de Camisea, sino de mi boca.
Me encontraba en mi consulta semanal con el dentista. Cosa extraña, no esperé mucho. Antes de sentarme en la silla reclinable, intercambié mis gafas por un par de amplios anteojos de plástico. Luego de lo cual, la ayudante del dentista me enganchó un babero de plástico al pecho. Se prende la lámpara que apunta a mis ojos para que la mano de la auxiliar la dirija a mi boca.
Como en un concierto de ídolo juvenil, mi dentista hizo su aparición triunfal. “¿Cómo has estado?”, “Bien, doctor”. Luego de pasar su espejito con mango plateado por el interior de mi boca, solicita: “piedra pómez” (Nota mental: no tengo cayos, gracias).
Y agrega: “Ponemos los tubos”. ¡¡¡Qué está pasando!!!.
Luego de limpiar mis dientes con una minilustradora en cuya punta estaba la piedra pómez giratoria, me colocó un artefacto de plástico que servía para separar mis labios y mantener mis dientes secos. Al desplegar toda la instalación, es imposible no sentir la dolorosa presión de la mano sobre el adminículo que a su vez aprieta sobre las encías. Luego de finalizada la tortura, ya tenía mis brackets en el maxilar inferior. “Todo sea por la ciencia”, finalizó el estomatólogo. Coincidimos.
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1 secretos:

digler viernes, septiembre 09, 2005 12:20:00 p.m.  

ouch! creo que a nadie le agradan las visitas al dentista, tal vez sea uno de los profesionales en medicina más temido

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