jueves, diciembre 29, 2005

El cristal con que se mira

Contínuos síntomas como ardor de ojos, dolores de cabeza, secreción nasal, lagrimeos y estornudos durante mis días laborales determinaron la compra compulsiva de colirio y humectantes oculares sin resultado alguno. Buscando información en internet, encontré a un especialista del ramo que afirmaba que el astigmatismo podía producir el odiado ardor que me acosaba sin descanso. Luego de la tragedia acontecida con mi cabello y los comentarios nada empáticos de algunos visitantes de este blog, sucedió algo igualmente inesperado. Creí haber perdido mis lentes. Ambos factores derivaron en que decidiera comprar unos nuevos. Es más, le debía tal cambio a mis ojitos tornasol desde el pasado mes de julio.
Acudí raudo a medirme la vista y, en efecto, mi medida había aumentado. Los lentes de metal suelen ser incómodos. Los desaparecidos, que después recordé haber dejado en casa de mis tías, necesitaban un continuo ajuste en aquella parte que se acomoda a la nariz. El último ajuste hecho, para variar, por mis propias manitas de blanco marfil terminaron en que mi ya maltrecha nariz sufriera más por la presión a la que estaba sometida. El paseo por ópticas fue una tortura. Por qué diablos Dolce y Gabana, Dior, Armani, Beneton no pueden dedicarse sólo a diseñar ropa y tienen que torturar nuestros bolsillos con monturas tan bonitas. Sin embargo, ante un asunto netamente estético y otro de comodidad, elegí el segundo. Escogí unos lentes de un material transparente que hacen pasar como carey. “Los únicos que tenemos en stock son los negros, no los transparentes”, me advirtió un vendedor de uñas esmaltadas. “Pero no les queda ni siquiera uno”, insistí con cara de perrito que busca casa. “Vamos a hacer lo posible, pero si no, lo haremos con los negros”, respondió el vendedor. Decidí correr el riesgo y acepté.
Olvidaba yo aquella máxima de Murphy, según la cual existe la tendencia a que las cosas nunca salgan como quieres y, en el momento de recogerlos… voilá: el marco de mis lentes era negro.

Llamé a mi amigo Jesús, que ni es el hijo de Dios ni es divino. Es un pata que vive en Miraflores. Necesitaba refugiarme en su casa para no encontrarme en la mía con mi tía Lily que estaba de visita. Si algo caracteriza a mi tía es la virtud de ser totalmente sincera aún ante la circunstancia más adversa. Horas antes había sido totalmente sincera con lo que le parecía mi estrenado corte de pelo. La apreciación no fue favorable. Qué diría al verme con ese terrible corte de pelo y, encima, con esos lentes. Era probable que dijera lo mismo que hace tres de años cuando vio mi ya extinto pierce en la ceja. No podría reproducir exactamente aquella frase, puesto que, pese a haber estudiado en colegios de curas, no me sé muy bien los nombres del santoral ni toda la genealogía divina. Por su parte, Jesús, mi amigo, me rechazó por una función de cine con sus amigos del trabajo. En mi mente retumbaba el jingle de Garfield: “Amigo es quien puede ayudarte a hacer la vida más linda”.

Armado de valor emprendí el camino de retorno a casa. Mi tía Lily, cuyo único defecto es no leer este blog, manifestó su sospechoso agrado por mis nuevas monturas. ¿Se habrá apiadado de mí?, ¿se arrepintió de sugerir veladamente que me una al ejército de reservistas de Humala?, ¿Notó que, como cada vez que me deprimo, no me había afeitado? No lo sé.

Digo que todo eso es sospechoso porque anteriormente tenía unos lentes similares. “Tus gafas de intelectual”, les llamaba mi amiga Luisa. “Esos anteojos tan feos”, les decía mi tía Lily.
Al llegar a mi cama frente al espejo de mano que alimenta mi injustificada vanidad, recordé un viejo alucine que solía tener sobre mi apariencia de algún día, cuando deje de verme tan joven y rozagante de vida.
Colocaría el link que conduce a mi sitio web donde se encuentra aquello, pero hay cosas que no son buenas recordar. Por ello, colocaré sólo el fragmento alusivo:

“El cabello me cubrirá la mitad de la cabeza y la barba, la mitad de la cara, con lentes enormes de carey negro a lo Bertold Bretch, y usaré ropa negra todo el tiempo (…)”.

No sé si mi descripción de 1999 sea clara. Es más, la imagen física de esta proyección sólo habitaba en mi cabeza. No sé si sea muy sano, eso de alucinar el futuro, aunque sean cosas tan banales. Recordemos que Lennon escribió una canción cuyo título en español sería algo así como “Cuando tenga 64”, edad a la que nunca llegó.
Yo solamente espero no haber terminado con mi vida social. Si me ven por la calle, salúdenme e invítenme a sus casas o a sus campamentos de Año Nuevo.

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