miércoles, diciembre 07, 2005

El horno de Sylvia

no hay ninguna vibración
aunque vives en el mundo de cine
no hay señales de algo que vive en mí.
Yendo de la cama al living, Charly García

Cuando una persona muere por cuenta propia, solemos preguntarnos cuáles pueden ser los motivos por los que tomó esa opción. Pensamos que probablemente lo tenía todo: Dinero, reconocimiento, personas que lo querían, qué sé yo. Seguramente miles de veces escuchó a gente decirle lo genial que era, los talentos que poseía, las cualidades que otros admiraban de él. Pero eso no bastó. Vacío. Impotencia. Frustración. Tristeza ad infinitum y nadie que seque las lágrimas. Quizá, en el fondo todo aquello: la capacidad, la genialidad, el talento y todos los nombres que suelen ponerle a esas tonterías no sean nada de valor y nadie las aprecie realmente. Entonces, de qué sirve. En especial cuando no se puede soltar el látigo para autoflagelarse, como diría Capote. Qué hacer, entonces. Quizá las respuestas estén inscritas en algún rincón del horno de Sylvia, en la tapa del frasco de pastillas de Alejandra o en la pistola de Kurt.

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