jueves, enero 19, 2006

Evolución de la escritura

Antes escribir era diferente. Salvo que se tratara de un formato ya establecido, como una carta o algún documento formal, el autor debía escribir un borrador a mano. Luego de verificar que no tuviera ningún error u omisión, el texto pasaba a ser mecanografiado, proceso que debía contar con cierto cuidado dado que ante el mínimo error en la última línea, el papel debía ser desechado y empezar desde cero.
La primera máquina de escribir que conocí era una enorme y pesada Royal color negro que empleaba mi abuelo cuando llevaba trabajo a casa. Era un modelo similar a las Underwood en la que las teclas debían ser presionadas fuertemente. Cada tecla pulsada hacía vibrar la mesa y una leve campana anunciaba el fin de cada línea. No había opción de escoger el tamaño ni el tipo de fuente. Todas las máquinas de escribir tenían el mismo tipo de letra equivalente al Courier que tienen nuestras computadoras actuales. Después de cierto tiempo había que utilizar el limpiatipo, una especie de plastilina que retiraba los excesos de tinta de los tipos metálicos. Tampoco había tinta ni tóner que cambiar, sino una cinta bicolor. Cuando se necesitaba una copia había que colocar dos hojas con un papel carbón en el centro. Luego las fotocopiadoras hicieron el trabajo más sencillo.
En mi casa, en cambio, mi papá tenía una máquina más ligera. Una Olivetti que, frente a la vieja Royal, equivalía a las actuales laptops. La Olivetti era verde y se podía transportar en un maletín del tamaño exacto de la máquina. Fue en esta máquina donde aprendí a mecanografiar. Infructuosos fueron los intentos de mi papá para que utilice los cinco dedos de cada mano.
Cuando tenía diez años me gustaba una niña. Pero desde aquel entonces era bastante tímido. No sé si tanto o más que ahora. Introduje una hoja tamaño carta en el rodillo y transcribí algunos de los 20 poemas de amor de Neruda. La última línea era escueta: dos palabras, cinco letras en total. Y al final, mi nombre.
Todo aquello le fue entregado al día siguiente en un sobre cerrado que ella nunca abrió. ¿Habrían sido las cosas diferentes si, acaso, un chico flaco y tartamudeante le habría dicho aquellas dos palabras en vivo y en directo? No lo sé.
Las computadoras actuales son mucho más prácticas. En la que escribo ahora, por ejemplo, puedo corregir directamente sobre la pantalla. Puedo agregar letras, palabras, tildes y signos de puntuación. Puedo escoger entre innumerables tipografías, tamaños de letra y colores. A estas alturas quizá sea imposible que decida viajar cargando la Olivetti. Tampoco podría escribir con ella mientras espero que me atienda mi dentista. Pese a todo ello, extraño el ritual del papel en el rodillo, los intentos fallidos en la papelera, la campanita al final de cada línea y la gloriosa manera en que se liberaba el papel impecablemente escrito.

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