lunes, enero 23, 2006

Llamada telefónica

El telefonito es
una necesidad
llamada tras llamada
y blablablablabla
Vieja canción infantil

Cuando Alexander Graham Bell inventó el primer teléfono, lo primero que hizo fue fabricar un segundo teléfono, dado que un aparato solitario no habría tenido sentido. A partir 1877, cuando fundó la compañía Bell, debió crear otro más y otro más y otro más. Cada uno con un número que lo identifique.
Cuando era niño, los números telefónicos sólo tenían cinco dígitos. Había pocos teléfonos, había que esperar años desde que se solicitaba uno hasta que el aparatejo llegue a casa.
La llegada de Telefónica multiplicó el número de teléfonos y apuró el engorroso trámite. Al día siguiente de tu solicitud, el invento de Graham Bell era instalado en el lugar de la casa predilecto. Ya no tenían un disco, sino teclas y eran mucho más livianos. De pronto todos tenían uno. Ahora los números telefónicos tienen siete dígitos mientras los celulares, más populares aún, cuentan con ocho dígitos. Poseer un celular debería eliminar los teléfonos caseros. En especial por los recovecos tarifarios a los que nos somete la Telefónica. El celular es más simple. Identificas las llamadas y si quieres no respondes. Cuando quieres desconectarte, simplemente lo apagas. A la vez evitas tener un recibo más a fin de mes en el cual pueden figurar más minutos de los consumidos.
El teléfono de mi casa, además, depara experiencias cada vez más surrealistas. Con sólo levantar el auricular puedo escuchar una emisora radial aún no identificada que transmite huaynos todo el santo día. Mi exagerada paranoia me ha llevado a pensar que mi teléfono está intervenido por el fujimontesinismo, por los Humala, por el Opus Dei, por el Mossad, por mi ex, en fin, no sé por quién.
Otra de las particularidades del teléfono de mi casa es que su sonido puede interrumpir mis horas de sueño o de vagancia. Al acudir a responder es normal que mi interlocutor sea algún fulano que quiere alquilarme andamios, que le construya una pared o le pinte la casa. No importa la hora ni quién sea quien me llama. Los tonos de voz son distintos, pero por lo general son hombres con acento de Perú profundo. La conversación es más o menos la misma.

Voz: Aló, Raúl.
Yo: ¿Raúl?
Voz: Quiero alquilar andamios.
Yo: No señor. Número equivocado.
Voz: Este no es el número de Raúl.
Yo: No.

Si algo define la idiosincrasia peruana es la persistencia. El Cholo-Sano-y-Sagrado se definía a sí mismo como un cholo terco. Por ello, lo más común es que después de colgar, el hombre necesitado de utensilios de construcción vuelva a llamar.

Yo (con voz de ya deja de joder): No, señor. Ese es el número, pero no es el lugar.

Este fin de semana, sin embargo, tuve una conversación inédita. No me hubiera enojado tanto si no hubiera sido porque el timbre telefónico interrumpió las últimas páginas del libro que leía.

Señora: Aló, quiero saber si van a atender hoy.
Yo: ¿Perdón? Creo que se ha equivocado. Acá no alquilamos andamios.
Señora: No, quiero ir a ver los zapatos.
Yo: ¿Zapatos? No, señora. Esta es mi casa, acá no hacemos zapatos.
Señora: ¿Pero van a atender hoy?
Yo (con la vena de la frente a punto de reventar): No, señora. Acá no hacemos ni vendemos zapatos. Esta es mi casa.
Señora: ¿Me podría dar el número de donde venden zapatos?
Yo (con voz de viej´e mier`): No tengo idea de qué me está hablando.
Señora: De la tienda que dice acá.

En este punto de la conversación llegué a pensar que era una joda para Tinelli o que esa mañana yo formaba parte de alguna sitcom gringa en la que Ionesco era el guionista. En algún momento debían sonar las risas grabadas o alguien debía preguntarme por la ubicación de la cantante calva.

Yo: Dónde acá.
Señora: Acá en el aviso.
Yo: Señora, ignoro de qué me habla. Supongo que el número que le han dado un número equivocado.
Señora: ¿Y no sabe el número de la fábrica de zapatos?

Si se hubiera tratado de una historieta habría sido Condorito y yo habría exclamado “Exijo una explicación” mientras mi desmayo dejaba un sonoro “plop”. Pero no. Se trataba de una apacible mañana interrumpida por una vieja que quería comprar zapatos.

Yo (al borde de las lágrimas iracundas): NO, SEÑORA. NO CONOZCO NINGUNA ZAPATERÍA.
Señora: Está bien, disculpe.

Muchas veces le he insistido a mamá sobre la poca necesidad de tener un teléfono fijo. Principalmente porque nunca tenemos línea. Ante su negativa, me he resignado. Bien dicen por ahí que donde manda presidente, no gobierna asesor. Caballero, nomás.

6 secretos:

Sexy Sadie lunes, enero 23, 2006 9:49:00 a.m.  

Al menos la señora no cerró únicamente para volver a marcar el número y cerciorarse de que en realidad está equivocada.

Cloud Strife lunes, enero 23, 2006 10:04:00 a.m.  

Bueno, cuando me pasa lo que te paso a ti no me complico mucho. Le digo "teléfono equivocado", y cuelgo. Si vuelve a llamar lo hago aún más rápido para que no insistan y no me hagan perder tiempo.

diego lunes, enero 23, 2006 10:17:00 a.m.  

Usualmente también lo hago. Creo que esta vez no tenía ganas de hacerme higado yo solito, así que intente torturar a la tía. Lamentablemente el más torturado fui yo.

ZARELA lunes, enero 23, 2006 7:37:00 p.m.  

jajajaj señor ...usted siempre me hace sonreir .. :)

El mirón martes, enero 24, 2006 1:30:00 a.m.  

aaaaayyy... q buena idea me has dado, choche, yo soy casi de tu generacion y creeme q soy de los ultimos ochenteros en utilizar la seduccion (q no es sexo) telefonico. Como te dije, una coincidencia afortunada me diste una gran idea de blog para esta semana, coincidiendo con los 15 años de la llegada del telefono a este domo (1991, aun CPT)...

zaratustra martes, enero 24, 2006 1:47:00 p.m.  

Y no vas a poner el telefono real de la zapateria...???
zarita

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