martes, enero 17, 2006

Maldita florecita

El día que yo fui feliz
nadie tocaba el violín
Cristina Rosenvinge


El helado de mora se ve mejor de lo que sabe. El de algarrobina no tiene, precisamente, sabor a algarrobina. Son las seis y pico de la tarde y yo camino por Angamos hacia la avenida Arequipa. Había algo en aquella escena que me condujera a un agradable deja vu o acaso estaba viviendo un sueño repetido. Lo dudo.
Corría el viento y el sol se iba ocultando. El frío se apoderaba de mi piel y mi barquillo permanecía inmaculado pese a mi demora para consumir el dulce.
Nadie me esperaba en ninguna parte. Nadie preguntaría cómo estuvo mi helado ni por qué no llevé algo para abrigarme. Pero nada de esto importaba.
Cuál es aquella razón que nos hace sentir la felicidad en un helado desagradable, en pensar en aquella inalcanzable persona o en recordar las pocas cifras que quedan en el banco.
El verano no es una de mis estaciones más felices. Cuando en ninguna parte del mundo existe alguien que piense en mí, la soledad no es uno de mis estados más agradables. Pero creo que ya nos estamos entendiendo.

1 secretos:

Laura Hammer martes, enero 17, 2006 12:07:00 p.m.  

Cuando en ninguna parte del mundo existe alguien que piense en mi...entonces es momento de echar a andar.

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