lunes, enero 30, 2006

Otra anodina noche

El sábado tuve una caminata involuntaria. Jesús, que no le hacía honor a aquello de “el amigo que nunca falla”, me había plantado. Llamé a mi amigo Ernesto, quien me dijo que estaba tomando sol en Eisha y no pensaba regresar a Lima para ir al cine conmigo y Jesús.
En realidad no tenía ganas de entrar al cine. Así que pensé que lo mejor era dar una vuelta por el Parque Kennedy, posiblemente encontraría a alguien conocido que esté en las mismas que yo.
Hice una pequeña parada en la rotonda donde los sábados hay música de antaño y baile para darme cuenta de que no quiero envejecer. Por lo menos no así. Unos metros más allá, Poggi y su pelo verde explicaban sus razones para matar a Díaz Balbín a una señora. Me moría por un Steamer en el Café Zeta, pero preferí aguantarme como los machos. No quería repetir la escena del día anterior cuando, luego de trabajar, fui a tomarme un Frappe. El lugar estaba lleno y sólo encontré una mesa en la vereda. Una vez instalado y hecho el pedido, la mesa contigua se desocupó, pero no tardó en ser habitada por un grupo mixto de peruvianos y extranjeros. Eran más de cuatro, por lo que me pidieron una silla prestada, luego otra y finalmente otra más. La escena siguiente era un grupo acomodado en dos mesas unidad y sobrepobladas junto a un pobre imbécil tomando su Frappe de fresa.
Descartado este plan, tenía otra opción. Comprar un vaso de emoliente y sentarme un una banca a ver pasar la vida. Sin embargo, la última vez que lo hice la experiencia no fue del todo buena. El contenido del vaso estaba algo caliente y no encontré un sitio cercano donde esperar que enfríe mi bebida. Al poco rato de sentarme en el extremo de una banca en Diagonal, frente a la Calle de las Pizzas, un tipo se acomodó en la misma banca. Mientras esperaba que enfríe mi emoliente prendí un cigarro. Mi apreciación del tráfico miraflorino se atracaba al notar con el rabillo del ojo que el sujeto me lanzaba miradas dudosas. Por aquellos días andaba algo escaso de dinero, pero no lo suficiente como para entrar en el bísnes. Soplé mi emoliente con más fuerza y me lo empujé de una. Al levantarme de la banca caminé rumbo a mi casa mientras el líquido me quemaba las entrañas.
La tercera opción era comprarme una butifarra carretillera con hartas salsas y cebolla. Pero si cumplía mi cometido original, de encontrarme con alguien sería bastante desagradable para la otra persona e incómodo para mí.
Lo único que me quedó fue caminar de regreso a casa, pero antes fui a Metro, porque se me antojó un jugo de naranja. Lamentablemente descubrí que un cuarto de litro de zumo de naranja natural costaba igual que medio litro de Coca Cola, poco menos que el doble de una Crush medio litro y casi lo mismo que un litro de Citrus Punch. Opté por este último. Anduve tomando esto por Larco y la Arequipa hasta llegar a Angamos.

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