viernes, enero 20, 2006

Todo por un café

Dicen que los accidentes caseros son los más peligrosos. Dicen, asimismo, que hay hombres que ni siquiera deberían asomarse a la cocina. Durante muchos años ese no ha sido mi caso, ya que pese a que no sé cocinar siempre he podido salir bien librado cuando la barriga suena improvisando algún alimento sobre la hornilla. De esta manera, he almorzado tallarines con mantequilla hechos en solo 11 minutos, he pasado tardes saboreando un café instantáneo acompañado por tostadas hechas en casa con algo de pan duro y hasta he frito papas para llenar mi estrecha guata. Todo este recorrido impecable se vio opacado un fatídico sábado cuando se me ocurrió estrenar mi mug.
En la sala almorzaban, junto a mis papás, mi tío y su esposa, además de un amigo de mi señor padre.

Yo: ´api, no hay café
Papá (con voz de amiquexuxa): No.
Yo: ¿Ni siquiera instantáneo?
Mamá (con expresión oligarca): Hace tiempo que no compramos café instantáneo.
Yo: Pucha, ´api. No importa. Voy a comprar.

Mi idea era preparar algo similar a un ice capuchino: Café, azúcar, fudge, agua caliente y hielo. Para la esencia, papá sugirió a voz en cuello que la señora que cocina se encargue de los trámites con la cafetera eléctrica. Una vez en la cocina, noté que la señora se encontraba en un intencionado estado catatónico mirando las musarañas. Saqué la cafetera, llené el depósito del agua, abrí la bolsa de café y vertí una parte en el filtro de la cafetera.
No pasó más de un minuto cuando el café recién pasado comenzó a inundar el piso de mi cocina. Mi papá solucionó el problema inmediato y logró rescatar algo de la esencia. Que me sirvió para perpetrar mi bebida. Tenía ya todo listo. Solo me faltaba el hielo. Abrí el freezer y saqué la cubeta de hielo ubicada junto a un par de botellas de Quilmes. Saqué los cubos que necesitaba y fui a guardar la cubeta. La entretenida conversación de mis papás y sus invitados fue interrumpida por un sonoro y burbujeante crash. Pedazos de una de las botellas corrieron desde la cocina hasta la sala mientras la rica rubia heladita se desparramaba por el suelo de la cocina.
En poco menos de 30 minutos mis manos habían ganado la reputación de ser las más torpes en cualquier cocina limeña.


Moraleja 1: Los accidentes caseros son los más peligrosos. Especialmente para tu mobiliario.
Moraleja 2: Amiga trabajadora del hogar, tú que me lees a diario: has tu chamba si no quieres terminar trabajando más de la cuenta trapeando pisos y recogiendo vidrios.
Ruego final: Humala, no me fusiles: también soy cobrizo.

3 secretos:

Lela viernes, enero 20, 2006 4:03:00 p.m.  

Não se preocupe, as mulheres também não fazem café direito. Eu sou uma delas.

P. Vladilo sábado, enero 21, 2006 8:10:00 a.m.  

jajajajajaja.....yo soy igual.....siempre se me caen las cosas de las manos.....me encantó leerte....SAlUDOS DESDE CHILE.

diego sábado, enero 21, 2006 6:51:00 p.m.  

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