lunes, enero 09, 2006

Yo pecador

Ya he comentado anteriormente mis creencias religiosas. Sin embargo, no siempre fue así. Había una época en la que, como todo muchacho que estudia en un colegio de curas, era un ferviente creyente católico, apostólico y romano. Bueno, no muy romano, pero desde entonces ya me gustaba la pizza.
Siempre fui un niño bueno. Iba a misa la mayoría de los domingos, visitaba las iglesias en Semana Santa, rezaba antes de dormir y durante el día mantenía diálogos mentales con el de arriba. Sabía de memoria todos los sacramentos, había inventado, a los ocho o nueve años, un sistema para memorizar algunas cosas de mis clases de religión. Este consistía en crear palabras con la primera sílaba de cada sacramento. “Ba” para Bautismo, “pe” para Penitencia, “eu” para Eucaristía y así sucesivamente con Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio. Claro está que eran las épocas en que tenía pensado casarme a los 30 años, o meterme de cura saliendo del colegio y ser santo. Paradójicamente, las circunstancias que envolvieron un sacramento propiciaron que en mi ruta de vida me desvíe del camino del bien hacia el lado oscuro de la fuerza.
Como todo chico de cuarto grado de mi colegio, debía cumplir con el tercer sacramento: la Eucaristía o Primera Comunión. Mis padres, que ya me habían bautizado en un estado total de inconsciencia, estaban emocionados por el hecho: era el segundo paso, el tercero sería la Confirmación y el cuarto el Matrimonio, luego de este último tendrían nietecitos a los cuales comprarles todas las cosas que no me compraron jamás.
Con la confusión propia que se puede tener a los nueve años, acudía religiosamente todos los sábados a la catequesis, que se impartía en el colegio. Mis tías Lily y Ceci me ayudaban a aprender el catecismo, mientras la menor de mis tías decía que cuando me confirmara iba a ser abofeteado por el Cardenal. La Mamá Angelita, mi abuela, se entusiasmaba por el hecho de ver a su primer nieto hecho un muñequito de torta para la ceremonia y se encargaba de los pormenores: la comida, la ropa y los recuerdos. Mi abuelo financiaba los souvenirs para el día D. Yo, por mi parte, inventaba nuevas versiones de mi juego mnemotécnico.
Semanas antes de la ceremonia nos hablaron del prerrequisito del sacramento: la confesión. Yo, que a la fecha ya había tenido uno que otro encontrón con mi mamá por una nota baja, temía bastante el momento. Obviamente el cura no usaría ninguna correa ni regañaría, pero eso de contar lo que hiciste mal para que te perdone con un Padrenuestro sonaba demasiado bueno para ser cierto. De otro lado, si bien conocía la definición de la palabra “pecado”, había tenido poca práctica al respecto. Todos mis amigos se iban a despachar con el cura y yo no podía quedar mal. Tenía que decirle algo. Intenté recordar mis malas acciones desde que mi piel entró en contacto con este seco mundo, pero no era suficiente. Entonces decidí intentar cometer algunos pecados, sin que ello me satisficiera. El cura se iba a decepcionar de mí, pensaba. Quizá allí si se enojaría o pensaría que le estaba ocultando algo. Traté de memorizar mis pecados.
Llegado el día, las cosas no fueron tan difíciles. El cura era un tipo súper amable. Me senté en sus piernas y mantuvimos un debate sobre la concepción que teníamos del pecado. Yo trataba de explicarle que lo que había hecho si estaba mal y que Dios lo debería ver mal. Él me decía que no. De todas maneras, si no había aprendido bien la lección de los catequistas poco o nada importaba. “Bueno, hijo, son diez Padrenuestros y dos Avemarías”. Mi emoción de pecador recién perdonado se desvaneció al notar que las penitencias para esa promoción parecían fabricadas en serie. No dije más porque una de las indicaciones era que después de la confesión no habláramos hasta el rito religioso, para evitar el pecado.
Los resultados de la ceremonia, al día siguiente, no pudieron ser peores, luego de la misa procedimos al intercambio de souvenirs. Mientras todos los niños tenían estampitas, mis recuerdos eran de cerámica y algunos no quisieron intercambiar conmigo. El fotógrafo contratado para la ocasión capturó el preciso momento en que una cabeza se interponía entre su lente y la hostia que ingresaba a mi boca. Castigo divino, pensé. Dios se debe haber enojado porque no pequé lo suficiente. Fue entonces cuando decidí que para mi próxima comunión, el cura y yo tendríamos para hablar largo y tendido. Material no faltaría. Yo estaba a cargo.


Nota: Luego de la elaboración de este post, la computadora del autor colapsó misteriosamente. ¿Coincidencia? ¿Boicot? No lo sabemos. Estaremos informando.

1 secretos:

ZARELA lunes, enero 09, 2006 7:16:00 p.m.  

no era la unica ??? estuve yo tambien en el mismo dilema ...( tratando de recordar que pecados había cometido ..así que me invente unos ..) no !! es que pasa en TNT pasa en la vida real ..jajajaja

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