lunes, febrero 27, 2006

Crisis matutinas

Hasta el momento la había pasado bastante piola. Que la vieja por aquí, que la vieja por allá ¿y él? Sí, pues, mi papá no se salva.

Son las ocho de la mañana con veinte minutos y mi papá se ha metido a la ducha. Aprovecho el tiempo para hacer algo de ejercicios que eviten la flacidez en mis brazos. Termino mi rutina y veo la hora. Papá no sale. ¿Le habrá pasado algo? Oigo caer el agua de la ducha y no se escucha ningún lamento de dolor o pedida de auxilio. El tiempo sigue corriendo. Prendo la tele, me siento en la computadora. Papá sigue demorando. ¿Estará acicalándose? Por qué se demora tanto, ¿se habrá vuelto metrosexual mi viejo?
Al borde de las nueve de la mañana sale mi papá del baño con una toalla amarrada a la cintura y chorreándole agua por los rulos y no veo mayor cambio. No hay rastros de sangre ni lleva en sus manos cremas humectantes ni astringentes.
Entro a la ducha más o menos a la hora en la que, debidamente talqueado y perfumado, debería estar llegando a mi centro de labores. Apago la computadora, me aseguro de tener todo lo que debo llevar y me ofrece jalarme en el carro.
No importa el lugar al que vaya, siempre creo que las mejores rutas son las calles chicas y alejadas de las avenidas. Excepto, claro, la Costa Verde y la Vía Expresa de Paseo de la República. Mi papá coge las calles más congestionadas a 30 kilómetros por hora como máximo. Yendo por una calle angosta, se puede llegar desde mi casa a la Vía Expresa, pero él prefiere coger el cruce de Angamos y Tomás Marsano en hora punta, cuando taxis, ómnibus y demás vehículos se disputan el cruce. Nos quedamos detenidos en medio de ese mar de fierros, caucho y humo. El sol de verano calienta el interior del Nissan Bluebird blanco y al ver mi brazo, este aparece escarchado por diminutas gotas de sudor. Cuando finalmente me deja en un punto intermedio me despido y entre irme en combi y tomar un taxi, escojo la segunda opción. Llego a mi oficina agitado y sudoso. Aunque ya todos están en sus puestos, nadie parece haber notado mi ausencia. No sé si sea bueno o malo, pero tampoco parecen notar mi presencia.

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