viernes, febrero 24, 2006

Juicio de alimentos

Mi mamá tiene un don especial para hacer de una simple respuesta a una pregunta un drama de grandes proporciones. Uno de nuestros mayores temas en común es el cuidado de la mascota del hogar quien, siguiendo la tradición genética de nuestra familia, padece de problemas hepáticos. El último fin de semana Cahuide comenzó, nuevamente, con su ciclo de vómitos después de almorzar. ¿Sufrirán los perros de anorexia?, pensé. En todo caso, la única respuesta me la podía dar su veterinaria. Me negué a la insistente idea de mi mamá de llamarla en pleno domingo. Ya imaginaba su respuesta “tráelo para examinarlo”. Lo que viene a continuación son extractos de correos electrónicos cursados al inicio de la semana.

Ella: Diego, llamaste a la veterinaria, estoy preocupada por Cahuide, lo que sucede es que no quiero que sufra mi Cahui. (Ni siquiera a mí me dice “mi Diego”)

Yo: Llamé, me preguntaron si había vomitado con algún color en especial. Les dije que no. Me recetaron unas pastillas por mientras.

Ella: Vomitó bilis.

Yo: No sabía. Yo no estuve cuando pasó.

Ella: No me preguntaste, yo no voy ha estar en todas, Cuando se le va a llevar a la veterinaria? Tú llevas las pastillas?

Yo: Si así son las cosas, entonces tampoco te daré información a menos que me lo preguntes.

Ella: No es así, sino que cuando te digo las cosas no le tomas importancia.

Aquella tarde, mientras regresaba a mi humilde morada, me crucé con mis papas, quienes llevaban a Cahuide en el carro. El séquito familiar acompañó al can. Resultado: una receta por poco menos de cien soles en medicinas que incluían antiácido y gotas para los ojos. Además debíamos cambiarle su comida canina por una porción de arroz y carne de pavo o cordero. Si en algunas cosas son un monstruo, en la cocina soy demasiado bestia. Mi mamá se encargo de preparar el plato de Cahuide.

Al día siguiente, regresaba de trabajar y me encontré con mi madre en la puerta del edificio con el fiel Cahuide.

RECREACIÓN
Yo: Hola
Ella: Lo voy a sacar a pasear porque el arroz tiene bastante agua.

Camino al parque descubrí que, en efecto, mi perro se había convertido en una máquina de orinar.

Yo: Y por qué no le escurres el agua del arroz.
Ella: Sí, pero el arroz absorbe agua.
Yo: Sí (¿tanta agua puede absorber el arroz?)
Una vez en el apacible hogar, descubrí que los alimentos de mi perro consistían en un arroz sancochado hasta el punto que cada grano parecía haber sido expuesto a la misma radiación que convirtió a Bruce Banner en el Increíble Hulk.

Yo: ¿Pero, no es mejor si le das arroz graneado?
Ella: Sí, pues, seguro lo vas a cocinar tú. No sabes cuanto demora hacerlo así, es más trabajo. Pero claro, como tú no cocinas…
Yo: Ay, mamá. Sólo te preguntaba.


FIN DE RECREACIÓN

Dos días después recibí otro mail.

Ella: Lleva plata para comprar el pavo para Cahuide
Yo: Cuánto será
Ella: 10 soles.
Yo: Ok. Podemos ir el fin de semana a comprar la comida.
Ella: Claro es lo mejor, por que no es facil tengo que ir comprar, en el camino se descongela y llego con la ropa mojada, luego tengo que ponerme a cocinar, luego tengo que sacar a pasear a Cahuide, y a las finales no puedo estudiar.
Yo: Bastaba con que dijeras que sí.
Ella: Siempre hay una critica de tu parte.

Exijo una explicación, plop.
A veces creo que si existiera la Constitución especificara que el fin supremo del Estado es la persona humana y su mascota, mi mamá me habría iniciado ya un juicio de alimentos.

1 secretos:

Laura Hammer sábado, febrero 25, 2006 12:09:00 p.m.  

jaja...logras mejorrar mis dias con tus historias

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