jueves, mayo 18, 2006

Tánatos

Mis visitas al médico se limitan a aquellas hechas a mitad de la noche y por la puerta de emergencia del hospital que se encuentre más cerca de mi casa. Pocas veces asisto por la buena. Siempre he tenido a idea de que lo mejor sería que el médico fuera a verme a mi casa. Odio esperar y someterme al maltrato del sistema de salud pública precisamente en momentos en los que soy más vulnerable.
Esta vez, sin embargo, fue la excepción. No entendí muy bien por qué. Una semana antes había asistido para que me diera algunas medicinas que calmen mis malestares. Ahora, a casi siete días, volvía a acudir para que intentara curarme de aquellos rezagos de mi casi fulminante gripe. Me había dado cuenta ya de que mi salud nunca fue una de mis prioridades. Se me hacía más fácil preparame un buen trago con los pocos insumos que encontrara en el bar de mi casa, que cocinarme algo o siquiera calentar en el microondas la comida que ya encontraba servida en la heladera. Qué pasa conmigo, ¿me preocupo por mejorar mi vida?, ¿yo sé cuidar mi cuerpo?, ¿vencí ya ese reprimido instinto autodestructivo? No lo sabía.
A unos cuantos metros el doctor mira mis amígdalas mientras yo digo “aaa”. “Deberías haber venido después del partido”, bromea mientras prescribe los medicamentos. Salgo raudo a adquirir aquellos químicos que me terminarán de curar. Pastillas para cinco días. “Cinco días más y podré quitarme esta maldita tos que no me deja fumar”, pienso. Lo sabía. No podía haber cambiado tanto.

1 secretos:

Laura Hammer jueves, mayo 18, 2006 11:43:00 a.m.  

Hasta que al fin fuiste al veterinario!...ejem...digo al medico de cabecera.

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