lunes, septiembre 04, 2006

Carta a una amiga

De los archivos secretos de desde la clandestinidad, otro texto más de la serie Los impublicables. La amistad es un preciado bien. Cuántas atrocidades se cometen en su nombre. La palabra, sin embargo se viene devaluando con el uso indiscriminado del término para convertirse en otra más que se emplea de la misma manera que el "cómo estás" del saludo. La siguiente epístola va dirigida a una de esas entrañables personas que todos tenemos en nuestras vidas: ese amigo o amiga a quien se le perdona todo y te perdona todo porque la amistad es más fuerte que cualquier ofensa.

Lima, 2006.

Querida amiga:

Es de noche y escribo a la luz de mi monitor que no despide una luz azul como nos hacen creer en la tele, sino más bien blanca. Siempre conversamos y te preguntarás la razón de estas líneas tan públicas, especialmente escritas por mí a quien tanto le cuesta decir lo que siente, sobre todo cuando no tengo que decir lo mucho que odio a vendedores o repartidores de pizza. Discúlpame, soy un estreñido emocional.
Sé que las cosas entre nosotros no han sido fáciles nunca, sobre todo en los últimos días en que hemos estado a paso de camión en trocha. Sé que a veces me he alejado de ti y tú de mí. Sé que a veces me he enojado contigo y tú conmigo. Pero también sé que siempre he podido contar contigo cuando necesito un hombro en el cual apoyar mi cabeza, o cuando esa triste garúa limeña cae sobre mi cabeza por días de días dejándome no sólo mojado, sino también enfermo.
Quiero agradecerte por esas caminatas, esas conversaciones frente al mar, aquel ocular intercambio de ideas, por darme la mano cuando has podido para no dejarme caer o, por lo menos, retardar en algo mi caída.
Quizá pienses que a veces no has estado allí. Lo cual también es cierto y no te culpo. Tu tienes tus tiempos, yo los míos y a veces nos ubicamos en dimensiones distintas pudiendo estar en el mismo lugar al mismo tiempo, pero quizá a la vez en lugares diferentes. De todos modos, todos necesitamos caer, morir de vez en cuando. Sucumbir ante la vorágine de lo inevitable. Dejarnos aplastar por el karma que nos persigue como piedra gigante a Indiana Jones. Pero siempre, siempre, he sobrevivido, como villano de película gringa al que creían muerto. Claro que no tan triunfal, sino más bien algo magullado, casi muerto, pero vivo al fin. Se supone que eso es lo que cuenta, ¿no?
A veces creo que no he sido lo suficientemente amigo. Creo que he actuado mal y muchos de los problemas entre nosotros se deben a mi culpa, mi culpa, mi grande y hermosa culpa que se yergue por encima de todas mis virtudes. Pero, sabes que el egoísmo es tan humano como el errar y tan vital como el agua. Esto, sin embargo, no es excusa. No me absuelve de mis penas internas ni significa que estemos a mano. Quizá por estos días me encuentres raro, medio zoombie, quizá anestesiado. Sabrás que no es uno de los mejores momentos de mi vida. Sé lo que estas pensando, pero no, no es tu culpa y si te tranquiliza, te diré que aunque sea paradójico ese malestar me hace estar bien. Es lo mismo de la anestesia: te puede pasar un tren por encima y no sientes nada (y a la fecha me han pasado muchos trenes encima, uno más que importa). Así, cuando veo el mar, no veo melancolía solo un culo de agua moviéndose ante mis ojos; cuando miro ese cielo gris, no me siento solo sólo veo un techo como cualquier otro y cuando corre viento no siento frío, a cambio me da cosquillas. ¿Sabes? Hasta es divertido.
Creo que me he ido por las ramas, pero igual, nunca he tenido miedo a abrir mi pecho para ti y decirte lo que siento. Ni he podido sentirme corto para limpiar tu frente de tu propio cabello cuando el viento te golpea. Por eso te escribo así: porque sé que no te molestará leerme ni me que me lea todo el mundo, o los que quieran leer algo tan extenso.
¿Y todo para qué? Para nada. Para decirte algo que, por demás, ya sabes. Que estaré allí y te dejaré caer cuando quieras dejarte caer, que amortiguaré tu caída y te daré mi mano para que te levantes. Que puedes tomar mi mano cuando quieras caminar con los ojos vendados al borde de algún precipicio. Que me sentaré contigo a conversar en alguna veredita y que te daré mi saco si sientes frío. Y que, aunque no me creas, tu nombre no se me borra ni con Liquid Paper.

Yours:
Diego

PD. Disculpa que te llame amiga, aunque suene a piropo de palomilla de barrio marginal llamando a una desconocida. Sólo que si alguna certeza tengo es que me conoces lo suficiente como para saber que hablo de ti.

2 secretos:

Anónimo,  lunes, septiembre 04, 2006 11:45:00 a.m.  

Sé que un día haremos un encuentro intergaláctico donde entremos en la misma dimensión y el mismo tiempo.
Abrazos y mucha paz, Diego.

PD. De amistades eternas, yo sí puedo vivir.

ale martes, febrero 23, 2010 2:16:00 p.m.  

tomaaaaa!
no a la mezquindad de la amistad !
que bueno que alguien piense así de otra persona.
congrats!

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