jueves, octubre 19, 2006

Por qué odiar al jefe

Mi relación con los jefes, por lo general, se ha basado en el mutuo respeto y aprecio. Yo hago mi tarea y ellos dicen “Oh, que bien, Diego”, o en algunos casos añaden “pero hay que mejorar esto”. Mi editor actual y yo, en cambio, tenemos una extraña relación aprecio-odio. No digo “amor-odio” porque eso sería, dios nos libre, demasiado gay para él. Las pocas veces que opina sobre algún texto que le entrego dice “esto es una cagada” o “no seas flojo, Diego”. No comprendo por qué, sin embargo, cada vez me sobrecarga de trabajo. Creo que es una relación más bien simbiótica. Él arregla mis eventuales cagadas y yo le soluciono los problemas con rapidez de la que él, por cierto, se aprovecha con roche. Y todo por el mismo precio.
Probablemente muchos de ustedes, queridos lectores, sepan poco sobre el quehacer del periodista. Para elaborar una nota hay que seguir varios pasos, pero me limitaré a lo simplemente operativo. Llega la información, luego de lo cual debo citar a la gente para que me amplíe lo que mandó por e-mail. Todo queda registrado en cintas de audio. Luego tengo que transcribir las cintas, lo que se conoce como “desgrabar”. Si se publicará como entrevista, solo queda editar para que todo lo que dijo el entrevistado salga bonito. Si va como una nota, el proceso es más largo, ya que hay que aderezar, darle color, sabor y vida a la información. Pero no todo es tan fácil. A veces hay que insistir en las llamadas, enamorar secretarias y recordar recados para que los entrevistados hagan un espacio en su agenda. La desgrabación es por demás tediosa y mecánica, además de quitar bastante tiempo. También está el llamado “volteo de información”, que consiste en darle otro formato a la información plana. Y no siempre es tan fácil hacer que una información sea medianamente atractiva al lector.
Pues bien. Esta semana quedé atiborrado de casetes de entrevistas. El lunes ocupé mi mañana visitando personas y haciendo citas. Lo mismo ocurrió el martes, en que trabajamos medio día y ni qué decir del miércoles en que reuní todo lo indispensable para elaborar mis textos. Durante la semana, asimismo, aproveché los pocos respiros que quedaban para dejar textos listos y entregarlos.

***

La mañana de ayer desperté con el deseo de poder permaneces unos minutitos más refundido en el algodón, lana y poliéster de la ropa de mi cama. En el proceso de desperezarme, prendí la tele y me di con la misa del Señor de Los Milagros. Por la fuck, pensé, cumpleaños de la vieja. Con la misma rapidez con que se te quita la borrachera al saber que has hecho algo malo, se me quitó el sueño mientras corría a la recámara de mi señora madre, una especie de Cleopatra en cuyo palacio vivo, para saludarla. No había nadie. Mi papá me informó que había partido a la misa de Las Nazarenas.

***

El plan era el siguiente, llegar temprano a trabajar, entrevistar, entregar todos los textos posibles, y salir temprano para apapachar a la sangre de mi sangre y mondongos de mis mondongos.

Al borde de las seis, hora en la que debía salir, todo estaba listo.
Había enviado un correo electrónico a la secretaria para que haga todos los trámites indispensables para que se me considere la media hora antes que había llegado al centro laboral para poder salir media hora antes de allí.
Había desgrabado y editado las declaraciones de distintas personalidades sobre un difunto profesor universitario y abogado (tengo la seguridad, además, que tal sección saldrá sin la firma de rigor).
Había volteado todas las noticias por voltear.

Yo: LC, ¿te puedo entregar el texto restante mañana?
LC: ¿Mañana?
Yo: Sí.
LC: ¿Qué otros textos te faltan?
Yo: Otros dos del suplemento.
LC: Entrega uno y puedes irte.

Inicié el proceso de edición y obtención de información complementaria. Relectura del texto terminado, cambiar el orden de algunos párrafos, eliminar la información repetida y envío del texto 30 minutos más tarde, texto que iba a ser revisado al día siguiente.

Una hora después de lo planeado y muerto de cansancio estaba en casa.
¡Feliz cumpleaños, mamá!

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