lunes, enero 08, 2007

Un día en el gimnasio

La última vez que hice tanto ejercicio, tenía 16 años y estaba en el colegio. Desde entonces, mis únicos ejercicios son:

 

Abdominales: una vez al día cuando me levanto de la cama.

Steps: cuando subo las escaleras.

Faja para correr: cuando persigo a la combi y al pasear a Cahuide.

 

Sin mencionar mi favorito, el ejercicio de dedo índice al manipular el mouse o el control remoto. Pero al parecer esto no es suficiente y por ello existen decenas de lugares donde uno puede acudir para tener un estado saludable.

 

No pregunten cómo ni por qué, pero me encontraba frente al mostrador en el cual me presentan a mi instructor de turno. Luego tomar algunos datos, comenzamos con el primer ejercicio. Este consiste en la ya conocida bicicleta, en cuyo panel se lee la indicación: Tiempo máximo, 15 minutos. Es precisamente ese tiempo el programado por el instructor. Es increíble como, aunque emplee solamente las piernas, el corazón comienza a acelerarse y el sudor a brotar. Cada vez más y más. Y más. Y más. Las piernas comienzan a doler, recuerdo que olvidé mi botella de agua en mi casillero de turno . Maldición, olvidé el agua, el calor aumenta, las piernas me duelen y el corazón se me va a salir por el pecho, romperá el vidrio de la ventana y caerá al asfalto. Espero haber avanzado lo suficiente. La pantalla me decepciona, indicando que sólo voy dos minutos.

"En unos minutos se inicia la clase de cycling", anuncia una voz en off. Una larga sesión en el que decenas de personas harán, por voluntad propia, en centenas de velocidades y mil posiciones lo que yo sufro por hacer. Espero que mientras pienso eso, hayan pasado un par de minutos, pero constato que sigo en el minuto dos.

Alucínome en Carmín, cantando al fin comienza la vida, esto es lo que yo esperaba hoy todo es diferente, más lindo más fácil como lo soñaba; pero ni eso hace que el tiempo pase más rápido. Al llegar al minuto tres me consuelo pensando que voy por la quinta parte. A mi lado, una señora pedalea como si nada. ¿Se sentirá tan bien como se ve? Miro la calle sin dejar de pedalear. Cómo hago para meterme en estas complicaciones. Miro mi reflejo. Espero que mi rostro no refleje mi via crucis. Crucifíquenme por favor.

Terminados los quince minutos acudo con el instructor, quien me lleva a otra máquina que simula el movimiento que se hace al correr. Tiempo: quince minutos . En el intermedio pude ubicar un providencial bebedero de agua. Sin embargo, esta parece haber salido nuevamente a través de mis poros. Empleo la misma técnica de consuelo, sobre las fracciones de tiempo que llevo y las que me faltan por hacer trabajar mis piernas. La pantalla indica que llevo algunos kilómetros recorridos. Pero quién diablos necesita recorrer tanto a pie o en bicicleta. Por algo el señor Carl Benz se rompió la cabeza tratando de inventar el automóvil. En la bicicleta donde había estado antes, una chica pedalea mientras lee Travesuras de la niña mala. Amiga, cómo puedes leer a Vargas Llosa, si yo apenas puedo mantener la conciencia. Quince minutos después, corro al bebedero, empapo mi toalla. Acudo luego al instructor, jurando que si me vuelve a enviar a una máquina para piernas le haré reconsiderarlo. Él me lleva al primer piso donde me espera una máquina de steps. Pensándolo bien, yo estoy algo cansado y él luce más fuerte que yo. Cómo pueden todos ellos lucir tan frescos en estas máquinas de torturas. Por qué ese gordito luce tan bien mientras el sudor chorrea por su amplio brazo y encima escucha música del mp3 player, si yo ya tengo los oídos tapados. Al cumplir mi tiempo, ya he subido más de 50 pisos y agradezco a Elisha Otis. Pero esto no es suficiente. Para ubicar a mi gurú y guía de la escultura corporal debo regresar al segundo piso. La siguiente tarea me anima, tocará trabajar abdominales, pectorales y hombros. Tampoco es rápido y fácil, pero después de 45 minutos en bici, corriendo y subiendo escaleras imaginarias, cualquier cosa es mejor. Todo esto me hace recordar mis razones para no volver a hacer ejercicio hace diez años. Pero aún así, nada es suficiente y mi última misión del día será la caminadora, donde, se me da la libertad de escoger la intensidad del ejercicio. Los primeros minutos se ven interrumpidos porque, malhaya sea mi suerte, presiono un botón que resetea la máquina. Pero soy auxiliado y el reloj comienza de cero. Quince minutos, más otros tantos de "enfriamiento". Al bajar del aparato, mis piernas se mueven solas. Sólo manejo la dirección y ellas hacen el resto. "Esto es todo por hoy", me dice el instructor y yo agradezco. Así debe ser el infierno.

3 secretos:

Gigi lunes, enero 08, 2007 12:05:00 p.m.  

...por eso no voy al gimnasio...

carmen martes, enero 09, 2007 10:45:00 a.m.  

Mira, yo sé que cuando se va por primera vez a un gimnasio...te dan ejercicios suaves, para que te vayas acostumbrando...humm...creo que en ese gimnasio no te quieren!!

Indira martes, enero 09, 2007 6:43:00 p.m.  

Animos el primer día te paresera un infierno como lo dijiste pero terminaras la semana sintiendote como en el cielo jaja más liviano..

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