martes, enero 13, 2009

Mar

Desde el malecón de Miraflores veo el mar. Amaneció con un sol tímido, pero poco a poco las nubes se disipan. Decenas de puntitos flotan muchos metros abajo en toda esa agua. Me siento raro. Me siento lejano. Me siento en mi bicicleta y regreso a casa.

Cogí sólo lo elemental: mi ropa de baño (hallada luego de un trabajo casi arqueológico), mis sayonaras azules (emblema de cualquier loco que se respete), una camiseta que no eche de menos en caso de hurto y 18 soles: 8 en monedas y 10 en billete herméticamente cerrado en una pequeña bolsa para que Quiñones no se moje, porque no hay quien lo planche.

Los ocho soles se me van en el taxi de ida, que me deja en una playa al azar: Sombrillas, pero me voy al ver una ola de espuma ocre y un plástico azul. Camino un poco y llego a Yuyos, menos sucia y con menos gente. Finalmente allí: el mar, la frontera final. Dejo mis sayonaras y mi polo en la arena. Venzo el miedo a exhibir mi espalda que tiene poco que enseñar y mi pálido pecho que tiene mucho que aprender.

Como en el carnaval, la playa es un lugar que contradice la cotidianeidad. Chicas visten prendas que, en otro material, serían lencería, a vista y paciencia de todos. Otros, como yo, usan shorts cuando no se pondrían algo así ni para dormir. Allí todo se tolera. La adiposidad corre y rebota 100% actitud, no hay inseguridad en ningún mondongo. Finalmente, me siento invisible. No hay nadie que cave un hoyo para enterrarme. Nadie que saque un vaso descartable para llenarlo de Inka Kola y arenita. Nadie que me ponga bronceador, no hay, siquiera bronceador. Aparto un poco de arena, pongo mis pies y los entierro yo mismo, regresando a su lugar la arena desplazada. Saco mis pies, entierro mis manos para encontrar una colilla de cigarros. Invisible: no se me acerca ni el vendedor de chaquiras.

Finalmente me tiendo en unos pocos metros cuadrados, entre dos familias que me miran con sospecha. Yo las miro a ver si me miran bonito y aceptan cuidar mis miserables pertenencias. Cierro los ojos para sentir cómo me voy friendo. Escucho voces. Un niño grita “que asco” y siento que la arena empujada por su slap tapa uno de mis tatuajes. Otra niña grita muy cerca de mí: “Papá, un muy muy”. Veo en la arena la basura normal de la playa: rocas, caparazones, harto yuyo. Otro niño corre con un bloque de madera. Un heladero escupe a pocos metros. Los pies del niño con el bloque mezclan aquello con más arena.

Y me lanzo al mar. Había pasado mucho desde la última vez. Me meto cada vez más. Hago el muertito hasta que me hundo. Me tiendo boca arriba. Una bolsa biodegradable de supermercado comanda un cardumen de envolturas plásticas que pasan a mi costado. Me zambullo y veo el verde de las aguas. Por favor, que no me de ninguna infección a los ojos, pienso. Nado estilo libre hacia la orilla hasta que me choco con el fondo. Salgo y doy un paso a la vez. Las piedras se me clavan en los pies. Como la ropa en una azotea, me seco al sol. Me meto de nuevo. Me quedo en la orilla mirando a la gente y camino hacia la pista para irme. Miro al bolsillo y la plata no está. Subo por la Bajada de Baños. Camino. Por ratos descalzo por las heridas que me provocan las sayonaras. Atravieso calles, avenidas, parques residenciales sintiéndome invisible, excepto por una niña que se aleja de mí con miedo.

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