martes, agosto 18, 2009

El buen salvaje

Yo era un salvaje. Un caballo con las chicas, un gorila en la mesa, una marmota los fines de semana. Es decir, un animal. Hasta que un día llegó a mi vida alguien que, como no podía ser de otra manera, puso en orden mi vida.

Una de esas chicas que podría hacer que el Che Guevara se afeite la barba religiosamente todos los días. Hizo su mejor esfuerzo en muchos aspectos, pero su mayor logro fue enseñarme para qué sirve un cuchillo y eso fue toda una revolución. Antes de ella yo andaba un tanto autodestructivo y los usos que le podía encontrar a un cuchillo no estaban vinculados a la mesa. Pero a partir de entonces comenzó a servir para cortar la carne. Dejé de usar las manos y chuparme los dedos. Desde entonces no pude volver a emplear las manos. Pensar en tenerlas húmedas de baba y grasa era una idea que generaba rechazo. Dejé de ser, entonces, el chico del que ella se enamoró para ser alguien mejor; aunque, confieso, no pude mejorar más.

Me transformé en un monstruo: ya no podía seguir mi instinto primario de alimentación. Pedía tenedor y cuchillo para cada comida y, al terminar, los dejaba apuntando las seis y media en el plato redondo. Pero a veces me escapo de mí mismo. Como en mi cama. Pongo el plato sobre el colchón y meto la nariz en el plato. Empujo la comida con el tenedor y soy feliz.

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