La arrendadora
Desde que, juntando mis chapitas marcadas, adquirí mi carro; he tenido una segunda preocupación: buscarle un lugar donde pase la noche (dado que no puedo meterlo en mi cuarto). La primera morada de mi azul vehículo quedaba en una esquina frente a mi casa. Todas las mañanas, luego de mirar a ambos lados, cruzaba la calle, sacaba una llave de mi bolsillo y abría un pesado candado Yale para luego jalar la reja. Cada fin de mes tocaba el timbre de la casera para apoquinar el monto acordado. Una mujer pálida y enorme, de lentes gruesos y ojos chiquitos (pero buena gente) abría la puerta en camisón y recibía el dinero con una sonrisa que dejaba ver sus dientes separados. Todo era felicidá hasta que un infausto día, la tía decidió dedicarse al aún más lucrativo negocio de traer carros de Chile con timón cambiado que guardaría, hasta su venta, en la parcela de mi Tico.
Migré entonces a un par de cuadras. Mi carro durmió en la fría calle, bajo los cuidados de un vigilante nocturno y a espaldas de los vecinos de aquel barrio ya incluido en la jurisdicción de Miraflores. Cada mes le daba a mi padre el dinero y este pagaba, a la vez, por el servicio de vigilancia de su coche y el mío.
Luego de más de un año me contactaron con la propietaria de una cochera que quedaba sólo a la vuelta de mi casa. Una mañana de diciembre recibí una llamada.
-Aló, buenos días, llamaba para decirle que tengo el control remoto de la puerta en mi casa. Puede pasar en cualquier momento a dejar el dinero y recogerlo.
- Ok, no hay problema.
- Lo he dejado con la nana.
- Voy en un momento.
Luego de subir los cuatro pisos por las escaleras, toqué el timbre. Una chica de unos 20 años, con nulo parecido a Fran Drescher recibió el dinero y me entregó, a cambio, el control remoto en un sobre manila.
Treintaitrés días después, el vigilante del edificio pronuncia, con su aguardentosa amabilidad, “Joven, la señora quiere hablar con usted por el encargo”. Ante la demora del depósito de mis haberes por parte de mi empleador, había olvidado pagar la cochera(y aunque me hubiera acordado, no habría tenido manera de hacerlo).
Aquella noche, renegué por tener que subir cuatro pisos por las escaleras para ver a una vieja ridícula que llama nana a su empleada; que, seguramente, vería mis billetes a contraluz setenta veces para luego joder porque me demoré, para luego su engendro me vomite algo de leche.
Una vez frente a la puerta, mi índice derecho se posó sobre el timbre, que devolvió un ring intermediado por la madera de la puerta. Acto seguido, esta se abrió y vi la luz. La dueña era una chica de mi edad, de piel tersa, muslos firmes que salían de un short bien short. Era un poco más baja que yo, lo que me daba un punto de vista bastante afortunado hacia el abismo de su escote.
Es bueno que febrero sólo tenga 28 días.
carro

