jueves, julio 23, 2009

Everyone poops

En Dan in real life (Mi hermano, yo y nuestra novia, en traducción oficial), Steve Carrell es confundido con un librero por Juliette Binoche. Esta le pide que le recomiende algunos libros, entre los cuales, el personaje de Carrell coge Everyone Poops (Todos cagan, en traducción libertina), libro infantil de Minna Unchi. Es fácil deducir de qué trata el libro. Y no le falta razón al japonés autor del libro. Nadie se salva. Ni el malvado Hitler, ni el querido Bush. Tampoco esa chica que tanto nos gusta o ese chico que está bueno pero no soy yo. Tampoco tú, ni yo. No es un secreto. Lo sabemos. Tampoco es algo que queramos compartir con los amigos y la familia. Por lo menos en mi entorno no lo hacemos. Las aves, por ejemplo, lo hacen cada vez que se me ocurre lavar el auto. Mi perro lo hace todos los días y yo, con paciencia y dedicación, recojo las gracias que hace por el parque (de nada).

Dicho esto, resulta incomprensible por qué Pedigree se empeña en mostrarnos caca de perro de la manera más real posible en cada comercial. Pensaba poner uno de esos comerciales, pero Pedigree no me paga por publicitarlos (y a decir verdad, tampoco los encontré en Youtube). Así que les dejo unas imágenes en las que parecen haberse basado los publicistas de la última campaña. Imposible no odiarlos.

(Video no apto para almas sensibles)

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lunes, julio 20, 2009

El placer de viajar en combi

Cuando no tengo carro, ya sea porque lo están arreglando o porque sé que voy a hidratarme con alcohol, trato de transportarme en combi (a menos que se me haga tarde para llegar a donde debo). Entonces, trato de tomarme las cosas de la mejor manera, comprendiendo los beneficios que implica emplear el transporte público. Y sí, el transporte público trae ciertos beneficios que se pueden encontrar dando una mirada optimista a todo lo que nos puede molestar.


Viajar en combi mejora tus reflejos. Acelera y frena. Tiembla. Es una mezcla de montaña rusa con Tagadá, pero sin cinturón ni seguridad. Ante ello, debes pensar rápido. De tus reflejos depende agarrarte con más fuerza en el momento preciso para no caer ante la risa de todos o poner los brazos para no hacerte la rinoplastia más dolorosa ever. Es decir, si te fallan los reflejos puede peligrar tu vida (incluida la sexual).

Viajar en combi supone un entrenamiento en supervivencia urbana. Entre el jalajalallevalleva y el bajabajapiederechoaproveche, los limeños nos acostumbramos a un sistema que implica bastantes riesgos. Bajar a media pista y hasta con el auto en movimiento o estar a cada momento al resistiendo las intempestivas pisadas de freno nos hace vivir al borde de la muerte. Llegar a casa sano y salvo nos convierte en sobrevivientes. Una señal de que nos podemos autoproclamar aptos en esta nueva selección natural.

Viajar en combi es un deporte de aventura. Lanzarte desde un puente con una soga elástica, descender río abajo en una canoa, escalar un cerro a miles de metros de altitud no se compara en nada con un viaje en combi. Los peligros de chocar (y justo por tu lado) o ser atropellado al bajar, proporcionan la dosis diaria de adrenalina para sentirte vivo.

Viajar en combi es bueno para entrenar el olfato. Afrontémoslo: no vivimos en una ciudad de clima seco, viajar en transporte público toma su tiempo y, pese a que digan los comerciales del gobierno, el agua no llega a todos (por lo menos no a todos los rincones del cuerpo de algunos conciudadanos). Sea en verano o en invierno, cuando la gente se niega sistemáticamente a abrir las ventanas, podemos saber el verdadero significado de la frase “olor de multitud”.

Viajar en combi pone a prueba tu detergente. Desde el simple polvo, pasando por la viscosa grasa hasta esa indeterminada mezcla que se podría definir como todas las anteriores acumulada per secula seculorum, amén en los asientos de las unidades de transporte se pega a la ropa. Te deja manchas a veces imposibles de eliminar. Es entonces que puedes probar si son realmente efectivos tus cristales o tu potente cariño para eliminar la mancha que ves y la que no ves.

Viajar en combi te proporciona el tan ansiado roce social. En cada viaje, quieras o no, estarás rozándote con decenas de personas. Este punto ofrece ventajas especiales para aquellos que andan solitarios. Yo, por ejemplo, que ando sin novia desde hace mucho, lo disfruté.

Viajar en combi refuerza tu sistema inmunológico. Piensa cuántas personas cogen los mismos pasamanos que tú. Esas personas que agarran dinero, probablemente no se lavan las manos cuando deben hacerlo, estornudan, tienen perro. Esto, sin mencionar las manos del cobrador que debe tocar miles de monedas y otras manos. Imagina los microbios que llegan a tu organismo cada día, contra los cuales este elabora las defensas necesarias para que no caigas enfermo y, mucho menos, muerto. Lo que no mata, engorda.

Viajar en combi diversifica tus gustos musicales. Cuántas veces has escuchado a tu mejor amigo silbando esa canción que ni tú ni él habrían escuchado si no hubiera sido en una combi. Está bien, quizá llevas tu mp3, discman, iPod o walkman; pero siempre está esa molesta musiquita que te hace salir de tu monse CD.

Viajar en combi ejercita tu tolerancia. Puede que no todo sea chévere: ni el carro, ni la música ni el fercho. Puede que te reviente que esa chica se siente en un asiento reservado y no se lo quiera ceder a la viejita que acaba de subir. Puede que te den arcadas al ver a la tía de al lado sacando la teta para darle de lactar a su chibolo. Puede que al lado tengas sentado a un tipo que lee todo el rato su biblia o el Corán. Pero, dentro de todo, debes respirar profundo, si puedes, tener paciencia y convivir con ellos.

Viajar en combi refuerza tus ganas de superación. Cada vez que subes te preguntas cuándo llegará el momento de ir siempre en taxi, comprar tu carro, contratar un chofer… o hasta mudarte del país.

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jueves, julio 16, 2009

El ránking del hueveo

Por un momento pensé que tenía una de esas alucinaciones al estilo del comercial de Coca-Cola que pasan por el cable. Ese donde un sujeto ve la silueta de la botella en las sombras, en la bicicleta, en todas partes. Pero en mi caso la alucinación no solo era visual, sino auditiva y no era una Coca, sino el CrazyCombi, jueguito de Facebook omnipresente en todos los monitores que he visto en la última semana.

Sólo lo había jugado un par de veces y el sábado pasado intenté pasar alguno de los niveles. Grande fue mi sorpresa al descubrir que todos mis patas habían estado jugando el bendito juego. Se podían dividir los círculos más o menos por los niveles. Los de la chamba no habían pasado de ser Tigres de Alfombra. Los del cole estaban ya en Tiburones de Acequia y ahí paro de contar puesto que hasta ahora no paso a otro nivel. No entiendo bien por qué captura tanto este juego, que está basado en el Crazy Taxi. Quizá por el color y la onda local de la combi, frente al insípido taxi. En fin.

Pero, bueno, como no tengo vida más allá del monitor, este fin de semana intentaré llegar a Dragón de Chifa o King Of Faites, mínimo.

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martes, julio 14, 2009

Me siguen llamando Avendiego

No hay peor castigo que el que uno mismo se impone. Y yo lo hice hace unos años y ahora estoy sufriendo las consecuencias. Todo comenzó cuando a fines de los 90 conocí la red de redes. Y me pareció todo mostro. En la universidad me dieron un correo electrónico y yo, por mi cuenta, me creé otros correos más en distintos servidores, algunos ya desaparecidos. Entre estos, un Hotmail. Me parecía muy aburrido que mi dirección sea mi nombre completo, más aún considerando que no se puede usar la ñ y mi nombre tiene 13 caracteres. Entonces hice una contracción de ambos uniéndolos por una letra común, y quedó avendiego. Hasta entonces, todo bien, puesto que era sólo un correo electrónico. Luego, años más tarde, conocí los blogs en una clase de periodismo digital. Y como en solo una hora debíamos abrir una cuenta y configurar el blog, en un acto apresurado, cogí el mismo nombre. Después el Twitter y, por conservar la unidad, también.

El problema es que ahora todos se alucinan que vivimos en Matrix, entonces si el señor Anderson era Neo, ahora me llaman Avendiego en la oficina, algunos amigos, en algunas reuniones. Y yo no tengo cómo decirles que llamarme por mi nombre es más corto y rápido. Es rápido y es gratis, entonces why not? Así que estoy usando este blog para decirlo una vez, si no, estimado lector, coleguita, señorita, amigo estudiante, serás merecedor de mi odio. Identifícalo así:



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sábado, julio 11, 2009

Ahí está el detalle

Toda la vida uno hace cosas que se supone que debe hacer, porque es el plan de vida. El hombre nace, crece, se reproduce y muere. Y ya pues, si nunca estuve muy conforme con la primera, tampoco lo estoy con las siguientes. Quizá en el fondo porque no quiero llegar a la cuarta. En fin. Ayer conversaba con una amiga sobre los hijos y yo soltaba todo mi rollo.

- Pero, ¿estás totalmente seguro?

Entonces, luego de un nanosegundo, que en mi cabeza fue una larga duda compuesta por alguna vez alguien me querrá convencer, ¿quién pagará el asilo?, Cahuide morirá antes que yo y no me podrá cuidar, ¿moriré solo criando perros sin pelo?, ojalá no quiebre mi AFP, ¿y si encuentro a mi Graciela Losada?...

-
Sí –mentí.

Cada vez me soporto menos.

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jueves, julio 09, 2009

Las cabeceras que nos acompañaron

Como se habrán notado nuestros fieles seguidores, y como nunca podrán saber quienes recién entran a este blog (y sobre todo a este post) hemos cambiado la plantilla. A manera de despedida, ponemos a continuación las cabeceras que hicimos en este periodo.

Luto



Verano


Año Nuevo


Navidad


Navidad


8 de diciembre (aniversario de la muerte de John Lennon)



And last, but not least




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miércoles, julio 01, 2009

Viva el paro

Estoy a favor del nuevo reglamento. Estoy en contra de los caprichos de los transportistas que se quejan de la severidad de las normas. De lo caras que son las multas. De los castigos a las infracciones. Qué no modifiquen el reglamento. Le duela a quien le duela (y por donde les duela).

Quiero que haya un nuevo paro.

En pocas oportunidades tengo chance de ver menos informales al volante. No me refiero a gente sin licencia, sino a quienes la tienen, pero quieren aparentar que no. Los que se pasan la luz roja para ganarle sabe dios a quién o los que se quedan plantados media hora esperando que suba el pasajero.

Para mí fue un día ideal. Pude contar la compañía de mis amigos: compartí mi carro, hice el famoso car pooling. Y me gustó, porque usualmente voy solo y la compañía matutina de Patricia, Augusto y Raúl, en Ampliación de Noticias; o la Fito, Calamaro, Amy (y un largo etecé) de mi iPod por las noches, no es suficiente. Nada como alucinarme el señor de la movilidad. Ahí sí siento que en mi auto todo es chévere: el carro, la música y el chofer.

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