miércoles, diciembre 30, 2009

Cosas amarillas


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jueves, diciembre 24, 2009

Feliz Navidad


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martes, diciembre 22, 2009

Blanca Navidad

Odio la navidad. Es cierto. Quizá no la odio, simplemente perdió el encanto… qué sé yo. A mí me desilusiona un poco, tal vez no tanto como hace unos años, puesto que cada vez espero menos de estas fechas.

Sin embargo, esta desilusión no es exclusiva de quien escribe. Probablemente usted también la ha sentido y creo que en gran parte, se debe a esa navidad que se ha gestado en nuestro imaginario y, como tal, es imposible e inalcanzable.

Comencemos por Papá Noel, Santa Claus, el viejo pascuero que vive en el Polo Norte. Y, claro, toda la vida da la impresión de que los regalos se quedan en gringolandia, porque por aquije, naranjas. Así, sentimos que el único que nos visita es San Nicolás Cage.

Il vero panettone que, no es tan vero, puesto que todos los hacen acá. Es decir, un panetón en serio, debería ser horneado en Milán. Pero, el asunto no va tanto por ahí, sino más bien a las imágenes asociadas. Mucha de la publicidad está vinculada a una realidad que nos es ajena: la Italia de hace siglos en la que no vivimos ni viviremos.

Hemos estado familiarizados con la “blanca navidad”. Desde los villancicos de los niños cantores, pasando por las postales hasta arribar en los comerciales de Coca-Cola, hemos visto esa navidad con hombres de nieve y copos cayendo del cielo. Si la idea no estuviera tan interiorizada los árboles de Navidad blancos se habrían extinguido hace años más rápido que la nieve del Pastoruri. Entonces, si la Navidad perfecta tiene nieve y nosotros tenemos sol y el calor de porquería, nuestra celebración se encuentra en las antípodas de la perfección. Por eso nos emociona tanto cuando, caminando por el Jockey Plaza, de pronto, comienza a nevar. Si en el invierno de Lima vivimos sufriendo al llegar a los 14 grados Celsius, alucina con nieve. A ver si te va a parecer bonita una navidad donde estés más congelado que tu pavo San Fernando.


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domingo, diciembre 20, 2009

A dorar al niño


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viernes, diciembre 18, 2009

Desde que no tengo regalos, mi vida es miserable

De chico no la pasaba tan mal. Eran los 80: el terrorismo desde la época de Belaúnde y luego llegó Alan a joder… perdón, al poder.

Vivíamos en una casa pequeñita y con las justas, pero mis papás siempre se esforzaban para que a mi hermano y a mí no nos falte el gran combo (que a veces no era tan grande porque lo que no escaseaba era carísimo). También hacían lo posible por darnos aunque sea un regalo compartido en fiestas. Y si eso no era suficiente, tenía a mis abuelos, a mis tías y a los padrinos mágicos. En resumen: nunca faltaba la caja envuelta en regalo al pie del árbol de Navidad que nos iluminaba el rostro.

Pero, como es usual, uno nace, crece, se reproduce y se va al diablo. El ciclo de la vida, que le llaman. Y aunque me encuentro en la constante y pundonorosa lucha por no crecer, mi DNI informa que ya van a ser tres décadas desde que llegué a arar mi parcela en este valle de lágrimas y silicona. Jodido.

Y así como ya estoy lo suficientemente grande como para que cada fin de mes el Estado me choree con alevosía (gran) parte de mi sueldo para comprar tanques chinos, en mi familia pasé a la fila de los grandes.

Recuerdo la última Navidad, cuando, a la sombra del plástico árbol, reposaban innumerables cajas con risueños lazos y alegres envoltorios. Mi prima de nueve años abrió la primera caja, luego la segunda, después la tercera hasta que, en un momento, me di cuenta de que no había más cajas. Mi despechado terrorista interno derrumbó la torre de energía que alimentaba mi sonrisa. Me pregunté por qué me extrañaba tanto si solo era el déjà vu de las últimas navidades.

Entonces, y solo entonces, extrañé el primer gobierno de Alan: Qué paja ser niño en Navidad… qué mierda ser padre en cualquier época del año.

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miércoles, diciembre 16, 2009

Una mañana cualquiera a muy tempranas horas del día...

Madre: Hola, Diego. ¿Cómo estás?
Yo: Mmm, ñam. Buenos días.
Madre: No sabes, he amanecido con un dolor…
Yo: ¿Dónde?
Madre: Aquí en el pecho.
Yo: Ok.
Madre: ¿Me puedes dar para tomar un taxi al trabajo?
Yo: Uy, solo tengo un billete de 20.
Madre: No importa.

Llega un momento en la vida en que ves pocas diferencias entre tu madre y la señora que desde hace cinco años sube a tu micro con la misma receta enmicada a pedir plata para comprar las medicinas.

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domingo, diciembre 13, 2009

Qué hay detrás de la solidaridad navideña

La Navidad juega malas pasadas. Esa mezcla de esperanza con la desilusión que alcanzamos los mayores, sobre todo los que nacimos ese día que dios estaba enfermo con la resaca de todo lo vivido en el alma. Esos sentimientos encontrados de los que ya he hablado en este blog (pon la palabra “navidad” en el buscador de la columna derecha y entenderás).

A lo que iba: las campañas navideñas de solidaridad. Hace unos años, por estas fechas, participé apoyando a una institución cuyo nombre no diré porque nunca lo supe. La dinámica consistía en apadrinar a un niño desamparado y comprarle un regalo. Ese año me había ido bien y me pareció buena idea darle aunque sea un momento de alegría a alguien que la estaba pasando peor que yo.

La historia no acabó muy bien: junto con otros amigos que también participaron, compramos regalos que excedían largamente lo sugerido por la institución cuyo nombre no recuerdo porque nunca lo supe. Los coordinadores de la actividad, a su vez, juzgaron que era un tanto injusto que algunos niños recibieran regalos que iban por encima del promedio, así que decidieron venderlos (no me queda claro cómo ni dónde) para comprarles algo similar a los demás. La idea no nos gustó, pero ya no quedaba más qué hacer. Desde entonces, no he vuelto a participar en nada parecido.

Viéndolo en perspectiva, me pregunto ¿qué se esconde detrás de la solidaridad navideña? ¿de verdad es positivo participar en actividades de este tipo? Y me planteo algunas dudas que rondan mi cabeza. Si acaso no es fomentar el consumo de la fecha teniendo como sinónimo Navidad y regalos. Si estamos alegrando la Navidad de un niño o simplemente haciendo un lavado de conciencia para no sentirnos mal los otros 364 días. Si regalarle algo a un niño desconocido me da autoridad para no hacerle caso a los que se me acercan todos los días a venderme fruna.

Regalarle algo no soluciona su problema, pero no hacerlo ¿me mantiene en mi usual indiferencia?

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