sábado, mayo 01, 2010

Ese trabajo del que nunca hablo

Hay trabajos y trabajos. Algunos que nos gustaron, otros que solo se salvaban por la gente con la que compartes labores, unos que pagaban poco, pero servían para el currículum y otros que simplemente eran una buena mierda.

Cuando tenía poco menos de 20 años quise trabajar en algo. En lo que sea. Eran las vacaciones de la universidad y en casa nunca me habían dejado trabajar. Obtener dinero era un considerado un peligro que me podía alejar de los estudios. Pero yo quería tener algún tipo de experiencia, algo que contarle a los lectores del blog que algún día abriría.

Fue así que me las arreglé para contactar a un amigo de mi papá que tenía (tiene) una franquicia de juegos. Se incluían en estos desde las enormes máquinas de juegos de video, carros chocones y similares.

Me llamaron a una entrevista, luego de la cual me confirmaron que, en unos días comenzaría a trabajar las condiciones: acudir en un pantalón azul oscuro y calzado negro que corrían por mi cuenta. La empresa se encargaría de proporcionarme el gorro y el polo oficial que, por si fuera poco, sería descontado de mi primer sueldo.

Mi función consistía en caminar entre las máquinas, recibir a las personas que acudían, ayudarlos a comprender los juegos y cuidar y limpiar los aparatos. A cambio de lo cual recibiría la cuantiosa suma de... 60 céntimos la hora.

Y me tomaba el asunto en serio. Cada mañana, durante seis días a la semana (a veces sábado incluido, a veces domingo) salía desde mi pujante distrito vestido con un polo blanco a rayas rojas, o viceversa, rumbo a ese ahora venido a menos y distante centro comercial. Llegaba antes de que abrieran y solía irme después de que cerraba. Almorzaba en un sitio cercano y, los 45 minutos restantes, me dedicaba a aburrirme en mi soledad.

Durante un par de semanas me enviaron a trabajar en una sección donde, a punta de futuros dolores de espalda, debía ayudar a niños pequeños a manejar por un circuito de carros de juguete. En el mismo lugar había un tigre mecánico que los niños trepaban y uno (o sea yo) debía conducirlo por un estrecho pasadizo. En más de una ocasión terminé con la pierna de algún niño atrapada entre el tigre y las rejas del puesto.

Bonito no era. Había más de un cliente prepotente y hasta malcriado que amenazaba con denunciar a la empresa a Indecopi, mientras uno se quedaba con las ganas de responderle "y a mí qué, para la miseria que me pagan". Un día me quejé con la administradora debido a que la persona que había puesto a cargo era un tanto prepotente. Como solo éramos dos quienes estábamos en esa zona, admití que era yo quien se había quejado. Después de todo, tenía menos que perder. El otro chico no solo era hijo único, sino que también era el único que trabajaba en su casa.

Negocio tampoco no era (solo para el dueño). Tomaba dos carros para ir, como salía tarde, a veces debía tomar taxi. Cuando no encontraba almuerzo, comía alguna hamburguesa con grasas transnacionales. Para otros era la única manera de ganar dinero. Uno de mis compañeros, inclusive, tenía un hijo. Una chica consideraba aquello como un ingreso adicional para ayudarse con los estudios. Repito: 60 céntimos la hora.

Y digamos que buen recuerdo de esa época, no guardo. El ruido era insoportable no tanto por el volúmen como por la repetición, aún cuando paso cerca de sitios similares me entra una extraña sensación cada vez que escucho la música del Dance Revolution o cuando siento el olor del limpiador de vidrios que usaba a cada momento o el simple olor a trapo húmedo.

Pero para bien o para mal, ese siempre será recordado como mi primer trabajo y espero que no el último para nadie.

2 secretos:

Ronald Poi sábado, mayo 01, 2010 1:35:00 p.m.  

Jaja, pucha Avendiego, la vida ha sido dura contigo en ese tiempo... mínimo está para un episodio de "Vidas Extremas".

Falcon19 lunes, mayo 03, 2010 5:30:00 p.m.  

Yo fumigaba y desratisaba... te cague...

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