martes, octubre 12, 2010

Diario de un patán

Esta mañana me dirigía a mi trabajo y tuve que bajar del carro. Un tipo me tocó la bocina por no pasarme la luz roja. Entonces me gritó: Idiota. Me bajé del carro y me acerqué para responder a la afrenta. ¿Qué me has dicho? Pregunté. Idiota, respondió. Juácate, le caí encima con la gata hidráulica.

Seguí mi camino no sin antes limpiar la sangre con una franela, hasta que, de pronto, un peatón, de esos que cruza cuando la luz verde le da a los carros y me hizo una señal obscena con el dedo. Detuve el carro, corrí a alcanzarlo y me lancé a golpes.

Regresé a dejar el carro en casa para evitar más incidentes. Tomé una combi en la esquina. Mientras intentaba bajar, alguien se me puso en frente. Me abrí paso a patadas. “Ya pe, chino” me dijo el cobrador y no pude evitarlo. Lo empujé hacia el pavimento y, una vez en el suelo, le di de puntapiés. Los pasajeros bajaron también y comenzaron a golpear al sujeto.

Una estudiante, indignada, me gritó “narigudo”. La jalé de los pelos y la até al escape de un taxi detenido en la luz roja. La última vez que la vi era arrastrada a 40 km/h.

Llegando al trabajo me crucé con mi jefe en la puerta “Hola, Diego”. Qué se habrá creído. Cogí el extintor y no paré hasta dejarlo en el suelo ante la sorpresa de las secretarias, proveedores y gente de la calle. Alguien dijo algo que no llegué a entender. ¿Quién fue? Grité. “Yo”, respondió. “Qué has dicho”, repregunté. “Cojudo”, me dijo. “Ah, ya”, dije tolerante. Si me decía “corrupto” se las iba a ver conmigo.

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