lunes, mayo 31, 2010

¿Alguna vez?

¿Alguna vez seré alguien que no soy? ¿Alguna vez me despertaré y diré Oh, qué bonito día? ¿Alguna vez sentiré que estoy viendo el futuro al ver mis fotos? ¿Algún día encontraré una chica loca con la cual hacer cosas locas? ¿Alguna vez dejaremos de preocuparnos por la plata? ¿Alguna vez conoceré a mi padre a mi edad? ¿Alguna vez mi nariz será el bigote de Frida Kahlo? ¿Llegará el día en que no deje de hacer falta lo que no tenemos? ¿Alguna vez la pasaremos tan bien como esos amigos del Facebook? ¿Podremos dejar de preocuparnos de que se ensucie la ropa? ¿Y de pronto poco no será tan poco y mucho no será demasiado? ¿Algún día seremos guapos? ¿Llegará el día en que nada duela? ¿y cuándo dejaremos de decir adiós?¿Algún día tendré un millón de amigos? ¿Alguna vez nos dirán que sí? ¿Alguna vez seremos solidarios para alegrarnos cuando alguien va a mejor vida? ¿Y cuándo nuestra voz será escuchada? ¿Dejaremos de morir un poco cuando el otro triunfa? ¿Y cuándo vivirán con nosotros esos que tienen vida eterna? ¿Algún día seré astronauta? ¿Alguna vez llegaré a abrazarme? ¿Podré saber cómo se escucha mi voz? ¿Alguna vez seremos felices? ¿Y nos daremos cuenta de que somos felices cuando somos felices? ¿Alguna vez se nos enamorarán a primera vista? ¿Cantaremos? ¿Alguna vez llegaremos a saber la verdad? ¿Algún día llegará el mañana?

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lunes, mayo 24, 2010

Quiero ser tu profesor*

- Buenos días, profesor –me dijo y no pude más que mirarla con desconcierto.

Le decían a alguien “profesor” y no había otra persona en esa sala. No podía más que dirigirse a mí… y sonaba raro... porque con las justas le había ayudado a hacer la tarea a mi prima de cinco años y en segundo lugar porque prefiero mi nombre (que no es muy bonito, pero ahí vamos) a cualquier otro título.

Faltaba poco más de un mes para iniciar ese curso donde, en solo tres sesiones tres, debía enseñar a un grupo de señoritas todos, o por lo menos los más básicos, conocimientos sobre internet y la comunicación.

Aquella mañana me encontraba en esa universidad para dejar mi sílabo y lecturas… y nuevamente me asaltó la pregunta: qué se yo de enseñar, si lo más cercano que he estado a la docencia fue cuando vi Carmín con mis tías durante los 80.

Como pocas veces, mi espíritu procrastinador fue exorcizado (llámenlo estrés si quieren). Tomé material de algunas exposiciones y capacitaciones que había dictado anteriormente, traté de sistematizar lo que hago usualmente en el trabajo, recurrí a fuentes básicas como www.clasesdeperiodismo.com entre otras, consulté algunos libros más clásicos sobre periodismo y… me di cuenta de que quizá no tendría tiempo para todo, pero valía la pena hacer el intento.

Así, fueron tres semanas chéveres, aunque cargadas: la primera clase y la tercera clase se me cruzaban con presentaciones de trabajos del máster. Luego, entre la primera y la segunda sesión, me enfermé… Gajes del oficio.

Y dentro de todo es interesante compartir lo aprendido en el trabajo y poner en práctica los consejos de algún taller sobre presentaciones y, como siempre, acompañarlo con mi encanto natural y sentido del humor.

En serio... ¡ríanse pues! ...en fin.

*Este post está dedicado con cariño a mis alumnitas que, con toda seguridad, nunca llegarán a este blog… espero.

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viernes, mayo 21, 2010

Pasa en todas partes




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miércoles, mayo 19, 2010

Mi vida no es tan graciosa

Todas las mañanas me despierto, miro al techo, doy la vuelta, intento seguir durmiendo, aunque sé que es en vano. Prendo la tele, intento reírme con las series de esa hora en lugar de caer en la desesperación con las noticias. Luego me pregunto si realmente es necesario levantarse… ¿y si no? ¿diosito parará el mundo para buscarme? Pamplinas. Me veo al espejo y me pregunto si de verdad entre tantas posibilidades tenía que tocarme ver eso. Trato de cambiar el canal, pero imposible. Qué más da.

Luego abro el clóset, trato de combinar algo. A veces voy a la fija, otras termino lamentándome. Cojo el carro, prendo la radio para no morir en la alienación.

Reviso el celular, me conecto a internet, trabajo, leo algo, escucho música. Paseo al perro. Mato algunas horas con alguna compañía compasiva. Escribo cosas en internet. Nada serio, solo para entretenerme o para que alguien más se entretenga (es relativo). Hueveo. De vez en cuando hago algo útil como estudiar algo para no sentir que pierdo el tiempo.

…y cuando llega la noche me encuentro nuevamente entre el suelo y el techo. Pienso y trato de no pensar, porque el que piensa pierde. Me cubro del frío tantas veces como sea posible. Veo la tele. Y cuando ya, ya no se puede hacer nada más y la mente divaga, doy la vuelta en la cama, porque es mejor que te asfixien las frazadas a las ideas, porque hay dos formas de irse a dormir: con el colchón medio vacío o el vacío medio lleno.

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viernes, mayo 14, 2010

Frases revolucionarias


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sábado, mayo 08, 2010

Yo saqué los ojos de mi mamá


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sábado, mayo 01, 2010

Ese trabajo del que nunca hablo

Hay trabajos y trabajos. Algunos que nos gustaron, otros que solo se salvaban por la gente con la que compartes labores, unos que pagaban poco, pero servían para el currículum y otros que simplemente eran una buena mierda.

Cuando tenía poco menos de 20 años quise trabajar en algo. En lo que sea. Eran las vacaciones de la universidad y en casa nunca me habían dejado trabajar. Obtener dinero era un considerado un peligro que me podía alejar de los estudios. Pero yo quería tener algún tipo de experiencia, algo que contarle a los lectores del blog que algún día abriría.

Fue así que me las arreglé para contactar a un amigo de mi papá que tenía (tiene) una franquicia de juegos. Se incluían en estos desde las enormes máquinas de juegos de video, carros chocones y similares.

Me llamaron a una entrevista, luego de la cual me confirmaron que, en unos días comenzaría a trabajar las condiciones: acudir en un pantalón azul oscuro y calzado negro que corrían por mi cuenta. La empresa se encargaría de proporcionarme el gorro y el polo oficial que, por si fuera poco, sería descontado de mi primer sueldo.

Mi función consistía en caminar entre las máquinas, recibir a las personas que acudían, ayudarlos a comprender los juegos y cuidar y limpiar los aparatos. A cambio de lo cual recibiría la cuantiosa suma de... 60 céntimos la hora.

Y me tomaba el asunto en serio. Cada mañana, durante seis días a la semana (a veces sábado incluido, a veces domingo) salía desde mi pujante distrito vestido con un polo blanco a rayas rojas, o viceversa, rumbo a ese ahora venido a menos y distante centro comercial. Llegaba antes de que abrieran y solía irme después de que cerraba. Almorzaba en un sitio cercano y, los 45 minutos restantes, me dedicaba a aburrirme en mi soledad.

Durante un par de semanas me enviaron a trabajar en una sección donde, a punta de futuros dolores de espalda, debía ayudar a niños pequeños a manejar por un circuito de carros de juguete. En el mismo lugar había un tigre mecánico que los niños trepaban y uno (o sea yo) debía conducirlo por un estrecho pasadizo. En más de una ocasión terminé con la pierna de algún niño atrapada entre el tigre y las rejas del puesto.

Bonito no era. Había más de un cliente prepotente y hasta malcriado que amenazaba con denunciar a la empresa a Indecopi, mientras uno se quedaba con las ganas de responderle "y a mí qué, para la miseria que me pagan". Un día me quejé con la administradora debido a que la persona que había puesto a cargo era un tanto prepotente. Como solo éramos dos quienes estábamos en esa zona, admití que era yo quien se había quejado. Después de todo, tenía menos que perder. El otro chico no solo era hijo único, sino que también era el único que trabajaba en su casa.

Negocio tampoco no era (solo para el dueño). Tomaba dos carros para ir, como salía tarde, a veces debía tomar taxi. Cuando no encontraba almuerzo, comía alguna hamburguesa con grasas transnacionales. Para otros era la única manera de ganar dinero. Uno de mis compañeros, inclusive, tenía un hijo. Una chica consideraba aquello como un ingreso adicional para ayudarse con los estudios. Repito: 60 céntimos la hora.

Y digamos que buen recuerdo de esa época, no guardo. El ruido era insoportable no tanto por el volúmen como por la repetición, aún cuando paso cerca de sitios similares me entra una extraña sensación cada vez que escucho la música del Dance Revolution o cuando siento el olor del limpiador de vidrios que usaba a cada momento o el simple olor a trapo húmedo.

Pero para bien o para mal, ese siempre será recordado como mi primer trabajo y espero que no el último para nadie.

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