Me estoy volviendo viejo
Cuando era chico, me cuentan, tenía horror a la vejez. En primero de primaria comía manzanas todos los días porque había leído en alguna parte que retrasaba el envejecimiento. En el micro, me alejaba de los viejitos. No me consta. Mi madre me lo cuenta y, es probable que por mi mente haya pasado algo totalmente diferente.
No obstante, poco a poco uno debe asumir la (inserte aquí su palabra favorita: triste, cruda, trágica, todas las anteriores, ninguna de las anteriores, otras) realidad. Pero la juventud es un estado mental y todo el lugar común que se dice siempre.
Pero el cuerpo siempre te avisa. Hace unos años podía salir del trabajo, ir por unos tragos, salir del lugar cuando ya había amanecido, tomar una combi a casa para ducharme y volver a ir a trabajar con mi Gatorade en la mano (no Gatorade, sino algún genérico de precio razonable).
Ahora salgo una noche y al día siguiente soy un muerto viviente. El mundo se mueve con cada parpadeo, la cabeza se te hincha y se vuelve inestable, gastas el 60% de tu energía en abrir los ojos y respirar, pucha, chola, qué flojera.
Pero las manifestaciones se muestran aún en la sobriedad de la noche anterior. Vas a uno de esos lugares y te aguantas las ganas de llamar al que te vende las chelas y decirle, oiga, joven, podría bajar el volumen. Si alguien te habla, no lo escuchas, pero si grita, el sonido pasa convirtiendo el Martillo en uno de esos vehículos de demolición te deja con todititas las ganas de ligarte las Trompas de Eustaquio.
Y, claro, no niego que la paso bien, pero por momentos la voz de mi Thom Yorke interior se abre paso gritando What the hell am I doing here?/I don´t belong here (y demás gritos posteriores). Aunque ahora que lo pienso bien, creo que siempre he sido más de conversación (con chela, café, o raspadilla) de que baile. En fin, nunca es tarde para probar cosas nuevas.
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