sábado, octubre 30, 2010

Como si fuéramos peruanos

Un periodista gringo reporta en vivo desde exteriores en un país sudamericano. “Vamos a presenciar en vivo el asesinato del presidente” y, en efecto, sale el presidente y es asesinado. En seguida se inicia una lucha por el poder entre el grupo que toma el poder y los rebeldes, mientras un decepcionado Woody Allen es secuestrado y termina encabezando la rebelión vestido de verde militar y una barba que recuerda la revolución cubana.

No se trata de un documental sobre América Latina, sino que parte de un estereotipo. Bananas es una parodia donde Allen se burla de todo un poco: de la política, de la imagen norteamericana, de la muerte como espectáculo, de sí mismo.

Lo mismo pasa con la famosa escena de Modern Family donde el personaje (ojo, el personaje y no la actriz) de Sofía Vergara sostiene una discusión con el de Ed O'Neill (o sea, Al Bundy).
Todos han protestado a raíz de los 17 segundos de esta escena.



¿Cuántos habrán visto el capítulo completo? ¿Cuántos la serie? Confieso que tampoco he visto un capítulo. El chiste está en la manera en que un personaje le enrostra un estereotipo a otro y este, enojado, saca de la manga otro cliché, demostrando así que no está tan alejado de aquel agresor. Pero, claro, esto es una parte del humor que se tiene que desarrollar y trabajar, mientras muchos de nosotros tenemos el sentido del humor un tanto atrofiado tras muchos sábados de Recargados de risa o de escuchar tanto decir que Carlos Álvarez es un genio.

No obstante, qué puede uno pensar, ya como peruano, de un país donde tres trabajadores municipales son degollados. Donde Laura Bozzo presentaba a los peruanos como seres primitivos que solucionan todo a los golpes (y nadie demandó a Telemundo como quieren hacer con Fox). Donde el Presidente es acusado de pegarle a cualquier loquito que le grite algo. Donde otro ciudadano, José Alejandro Godoy es condenado a tres años de prisión y a pagar una reparación civil astronómica por opinar sobre un personaje público y enlazar a medios de prensa en su blog. Donde los congresistas se rehúsan a rendir cuentas de sus gastos y otras tantas perlas en ese collar (o rosario) que podríamos llamar “historia del Perú republicano”.

No quiero dejar pasar la ocasión para expresar mi solidaridad con José Alejandro Godoy. No por amistad (solo nos hemos visto una vez) ni por espíritu de cuerpo, sino por algo que hemos olvidado por ahí llamado justicia. No pongo imágenes en fondo negro ni nada porque me parecen cojudeces (con el perdón de quienes sí las han puesto).

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viernes, octubre 29, 2010

Monstruos en la habitación



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martes, octubre 26, 2010

Prohibido Dieguitear

El caso es que no es tan difícil llamar a la gente por su nombre. Por ejemplo, si te llamas Carla, yo no te voy a llamar Alfonsina. Si te llamas Miguel, no te diré Daniela, a menos que sea tu nombre de batalla. Si te llamas Luis, no te voy a decir, Gran Jefe Toro Sentado, por más que tengas cara de buey. Si te llamas Wilmer, caballero pues, te tendré que decir así.

Cuando nací me pusieron “Diego” que, vamos, no será el mejor nombre del mundo, pero es lo que dice en mi DNI. Así que cuando me hables, llámame así.

Si eres hombre, no me digas “compare”, que no me gustan las comparaciones. Si eres mujer, no uses diminutivos. Le hablas con diminutivos a tu hijo, quizá a tu perro. A lo mucho a tu hermanito que, aunque tu mamá diga todo lo contrario, parece que nació con algo de retardo, por lo que la única razón por la que lo llamarías con un aumentativo sería para decirle lo huevonazo que es. Cada vez que una chica me dice “Dieguito”, sé que estoy condenado, como de costumbre, a ser su amigo. Probablemente no tenga oportunidad alguna, pero no me quites la ilusión. Prohibido Dieguitear.

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lunes, octubre 18, 2010

Hay golpes en la vida, tan idiotas, yo lo sé

Qué hace uno cuando de pronto se ve de pie en un supermercado pasada la medianoche con los lentes volando por el aire, el aturdimiento que puede producir un gong y siente que le debe doler algo, pero no le duele.

Lo peor, no tiene una gota de alcohol en la sangre.

¿Reír? ¿Seguir con su vida? ¿Huir del lugar?

Lo primero: recoger los lentes y los pedacitos de dignidad repartidos por el suelo. Luego seguir el camino sin mirar atrás, o mirar disimuladamente para saber qué pasó: por qué le salió esa vocación de Supermán kamikaze a las gafas, a qué se debió el sonido y un breve etcétera.

Reconstruyamos:
Al bajar del carro, me crucé con el vigilante del establecimiento, que se dirigía hacia el portón del estacionamiento medio cerrado. Caminé hacia la puerta de la tienda no sin antes sacar mi celular para volver a revisar el SMS donde me pedían las cosas que había ido a comprar, precisamente, a ese lugar. Y fue entonces cuando pasó.ç

Pero el vigilante le dijo algo a Bravo 5 que, con su voz metalizada le respondía por el walkie-talkie. “Ya estoy cerrando las puertas de atrás”, recordé. Volteé disimuladamente y vi que la puerta enrollable descendía desde el techo hasta poco más de metro y medio del suelo. Y claro, el idiota, aquí presente mirando el celular.

Ok. Andamos muy concentrados en el teléfono: que si vamos chateando en el GTalk, que si actualizamos el Twitter, que si nos da por provocar a los secuestradores al paso posteando en Foursquare cada point al que vamos, que si alguien nos hizo “Me gusta” en el Facebook o si llegó un puto y mortal SMS. Y por alguna razón, siempre lo llevamos hacia abajo.

No sé si esta aplicación me habría servido de algo… para comenzar, debería tener un iPhone.



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martes, octubre 12, 2010

Diario de un patán

Esta mañana me dirigía a mi trabajo y tuve que bajar del carro. Un tipo me tocó la bocina por no pasarme la luz roja. Entonces me gritó: Idiota. Me bajé del carro y me acerqué para responder a la afrenta. ¿Qué me has dicho? Pregunté. Idiota, respondió. Juácate, le caí encima con la gata hidráulica.

Seguí mi camino no sin antes limpiar la sangre con una franela, hasta que, de pronto, un peatón, de esos que cruza cuando la luz verde le da a los carros y me hizo una señal obscena con el dedo. Detuve el carro, corrí a alcanzarlo y me lancé a golpes.

Regresé a dejar el carro en casa para evitar más incidentes. Tomé una combi en la esquina. Mientras intentaba bajar, alguien se me puso en frente. Me abrí paso a patadas. “Ya pe, chino” me dijo el cobrador y no pude evitarlo. Lo empujé hacia el pavimento y, una vez en el suelo, le di de puntapiés. Los pasajeros bajaron también y comenzaron a golpear al sujeto.

Una estudiante, indignada, me gritó “narigudo”. La jalé de los pelos y la até al escape de un taxi detenido en la luz roja. La última vez que la vi era arrastrada a 40 km/h.

Llegando al trabajo me crucé con mi jefe en la puerta “Hola, Diego”. Qué se habrá creído. Cogí el extintor y no paré hasta dejarlo en el suelo ante la sorpresa de las secretarias, proveedores y gente de la calle. Alguien dijo algo que no llegué a entender. ¿Quién fue? Grité. “Yo”, respondió. “Qué has dicho”, repregunté. “Cojudo”, me dijo. “Ah, ya”, dije tolerante. Si me decía “corrupto” se las iba a ver conmigo.

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martes, octubre 05, 2010

La puntualidad

En El retrato de Dorian Gray, Lord Henry tenía como principio llegar tarde, dado que consideraba la puntualidad como “el ladrón del tiempo”. Por tanto, reclamarla como peruana, puede ser discutible. La impuntualidad tiene ciertos atenuantes. Por ejemplo, llamar para avisar que llegarás tarde es considerado como una delicadeza, poco a poco los anuncios de “ya llego” han ido adquiriendo ciertos matices y estos han ido perdiendo, también poco a poco, toda credibilidad.

Inicialmente era así:

Ya estoy saliendo: Significa que estás en la puerta de tu casa.
Estoy en camino: Significa que estás en el carro camino a tu destino.
Ya estoy llegando: Significa que ya estás cerca, digamos, a unas cuadras.
Estoy bajando del carro: Significa que la combi ya llegó al paradero (o que ya estacionaste).
Llego en cinco: Significa que estás a cinco minutos del punto de encuentro.

Ahora, por alguna razón, es así:
Ya estoy saliendo: Significa que aún estás terminando de alistarte.
Ya estoy en camino: Significa que estás saliendo.
Ya estoy llegando: Significa que estás a uno o dos distritos de distancia.
Estoy bajando del carro: Significa que aún estás por llegar al paradero (o a la playa de estacionamiento).
Llego en cinco: Significa que podría ir a mi casa, ver un capítulo de CSI y volver para esperar un rato más.

En serio, ya nadie les cree. Por favor, qué les cuesta, si no van a ser puntuales, por lo menos ser sinceros.




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