Tu dorima me detesta
La historia es simple. Todo era felicidad en el avenmundo® (algo parecido al inframundo, pero más bonito) hasta que un día salí con la amiga en cuestión. Tomamos un café en Miraflores, caminamos hasta llegar a un parque cercano al malecón y nos pusimos a conversar hasta que se hizo de noche. Al regresar a su casa, la conversación debe haber sido más o menos así.
RECREACIÓN DE LA CONVERSACIÓN TELEFÓNICA
(desde la casa de él)
Él: Y ¿qué hicieron?(desde la casa de él)
Él: ¿Que vieron el atardecer frente al mar? Por la !"·$%, ese &%$ Lo atraparé aunque sea lo último que haga, lo último que haga. Ñaca ñaca ñaca.
FIN DE LA RECREACIÓN
Y sí, lo entiendo. Si mi flaca me dice, aunque sea en el tono más inocente, que se pasó la tarde conversando con un amigo más bueno que el pan***, me enojaría un poquito. Pero comprendan también que mayores detalles no le podía dar porque hablamos sobre algunas de mis intimidades que ella no revelaría aunque le claven agujas de bambú debajo de las uñas de los dedos de los pies.
Como contraparte está el hecho de que, a diferencia de muchas personas, yo sí creo que los hombres y las mujeres pueden ser amigos (no pasa siempre, pero cuando ocurre de mutuo acuerdo, es chévere). Especialmente cuando se trata de alguien que te conoce de casi la mitad de tu vida y sabe tanto de ti que, a estas alturas, resulta sorprendente que siga siendo tu amiga. Y, de otro lado, me encanta que esté con alguien medianamente cuerdo y que ella esté feliz.
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| Diego Avendaño. Trolleando a la parentela desde 1981. |
A mí solo me queda tomarmelo con un poco de humor y pedirle dos cosas:
1. Sigue cuidando a mi amiga.
2. No me mates, peeeeee****.
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* La primera es: “No molestes a un perro cuando está comiendo”.
** Después me pregunto por qué le caigo mal a la gente.
*** Leer **
**** Tengo miedo, Manolo.
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