Cahuide
Probablemente te tuve que cuidar mucho, pero tú hiciste algo más importante. Me salvaste la vida.
Cumplía 22 años el día que te vi por primera vez. Eras una cosita que se podía cargar con una mano.
Estos años no fueron fáciles. Lo confieso. A veces es una joda desde cualquier punto de Lima para ir a casa a pasearte o regresar a casa tan tarde que ya era temprano y, de boleto, llevarte al parque cuando lo único lugar hacia donde quería caminar era a mi colchón. Pero, finalmente, me ayudaste a vivir. No importaba lo malo que podía ser un día, la gente que me fallaba, las chicas que me lastimaban, las personas con las que me portaba mal. Al final siempre estabas tú, feliz de verme, moviendo la cola desde el balcón.
Se extrañan tus ladridos al abrir la puerta, el sonido de tus orejas cuando te sacudías, tener siempre agua hervida fría para servir en tu plato. Recuerdo cuando dejabas la comida y te decía lo mismo que mi mamá cuando era niño: "tantos perritos que no tienen nada que comer y tú estás dejando todo".
Y si me lo preguntas, es difícil decidir entre decirte adiós o ver cómo te deteriorabas. Cómo explicarte lo que iba a pasar. Que no nos veríamos más. Que los doctores te harían dormir para no despertar más porque, en el fondo, era lo mejor. Cómo hacer eso con alguien que te quiso, esperó y cuidó cada uno de sus minutos.
Yo era un chico triste que tenía pocas razones por las cuales levantarse de la cama. Tú me diste una cuando la vida parecía negármelas.
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