lunes, junio 03, 2013

En el cielo todos los santos son de mi bando (y rezan por mí)

Me gusta caminar. Trato de desplazarme a pie cada vez que puedo y no hay sol. Me pongo los audífonos, zapatillas cómodas y echo a andar ya sea solo para pasear, ir a botar mis reciclables o hacer las compras. Cuando voy escuchando música suelo tener más cuidado que el usual al cruzar la calle o cuando siento a otro transeúnte sospechosamente cerca.

Anoche estaba volviendo a casa y pasó algo que, como pocas veces en mi vida, me hizo temer lo peor. Cruzaba una calle y vi cómo lentamente una camioneta blanca volteaba en mi dirección. Continué mi camino con el tumbao que tienen los guapos al caminar y con la confianza de que 1. El conductor me había visto. 2. Que el carro iba despacio. 3. La amabilidad que suelen muchos conductores de mi barrio que dan preferencia al peatón.

No obstante, cuando iba por más de la mitad del carril, el vehículo se aproximaba más y más. Si aquel carro hubiera sido una persona, habría pensado que venía con buenas intenciones (tocarme indebidamente, por ejemplo), pero no. En aquellos instantes vinieron muchas imágenes a mi cabeza: todas las fotos de mi muro de Facebook y traté de ver el lado bueno de las cosas (porque sí, morirse tiene un lado bueno): no tendría que corregir las tareas de mis alumnos esta semana.

Si yo hubiera sido un auto, aquel incidente me habría dejado en un taller de planchado y pintura por unos días. Afortunadamente, no pasó de un susto. Grité un improperio (digo improperio por no decir "huevón conchetumadre", que sería una vulgaridad mayor en este blog), vi salir por la ventana la cabeza de la conductora y seguí mi camino en negación de lo que había ocurrido. Luego caí en cuenta de esta experiencia cercana a la muerte. Lo que me dejó algunas reflexiones.

  1. Existen dos tipos de atropellados: los que caen sobre el parabrisas y los que caen debajo de las llantas. Preferiría ser de los primeros.
  2. Debo cambiar mi foto de perfil en redes sociales en caso de que me convierta en el nuevo niño símbolo de la imprudencia de los conductores.
  3. Siempre quise irme de este mundo de una manera más cómica o que, por lo menos, merezca aparecer en 1000 maneras de morir. Ahogarme con vómito de gelatina (de preferencia el mío), electrocutarme con el micro en pleno monólogo o algún lamentable error de cálculo en medio de alguna pirueta sexual; por ejemplo.
  4. Que, si bien me atropellaba una camioneta Audi, qué poco glamour morir con las compras de Metro.
  5. Que qué mala fortuna de terminar esa noche en una ambulancia yendo a Emergencias en esas fachas.
  6. En la vida real, mis compras eran pan, una mano de plátanos y un paquete de locro Frescopack. Todo habría terminado hecho puré sobre la pista. En la versión cinematográfica (titulada Ala shit), la camioneta se acercaría y la escena se congela. Se ve caer en cámara lenta mi bolsa de compras, desde donde rueda medio kilo de naranjas huando. Disolvencia a negro. Créditos finales.
  7. Cuando te toca, te toca. Ahora le toca a Tocache.
  8. El ángel caído que chambea como mi chaleco está haciendo una buena chamba.
  9. Que es un poco tarde para morir joven. El próximo lunes cumplo 32. Estoy bien viejjjja.
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