domingo, junio 16, 2013

Mi padre debería odiarme

La vita è bella (1997)
Mi papá me llevaba al nido. Me llevó el desayuno a la cama hasta el último día que viví con él. Los fines de semana nos dedicábamos horas enteras a hacer las tareas del colegio. Cuando me enfermaba de noche, solía ser el primero en levantarse a atenderme. Nunca me reprochó una lágrima. Algunas mañanas jugábamos por la calle camino al colegio: yo con mi uniforme y mi lonchera, mi hermano con su mandil, él con su terno. Mi papá me enseñó a reír.

Mi papá no estaba solo. Tenía a mi mamá. Pero mi papá no ayudaba a mi mamá con la casa y los hijos. Mi papá compartía las labores en una época en que esto no era lo usual. Algo que, no he visto hacer a muchos de mis tíos y que aún ahora no es usual en algunos de mis amigos que son papás.

Claro está, yo no soy papá y puede ser difícil ponerme en tal lugar y fácil criticar. Les doy la razón. Difícilmente podría alejarme del cómodo sillón y mis películas luego de un largo día en la oficina o de la cama caliente en las frías mañanas de domingo.

Mi papá debería odiarme: estudié comunicaciones cuando él hubiera preferido que estudie alguna ingeniería. Me aparecí un día con un arete en la oreja. Otro día me fui de la casa con mi ropa y mis cuatro cosas. Jamás aprendí a tocar la guitarra. Le robé el auto un par de veces y choqué a otro en una ocasión. Me llevó de emergencias y me cuidó por fiebre algunos sábados por la noche. Tuvo que compartir su televisor; que dar explicaciones sobre temas complicados; que renunciar algunas veces a estar con sus hermanos y amigos, a horas de sueño por ir a recogerme a alguna fiesta.

Yo no podría evitar odiarme.



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