martes, julio 15, 2014

¿Y si comemos mocos para ir al Mundial?



Nunca me ha gustado el fútbol. Lo he dicho siempre y lo reafirmo. En más de 30 años no había dedicado mi tiempo a ver un solo partido… hasta el histórico partido entre Brasil y Alemania. Fue un clic, una revelación, una epifanía. Separé mi tiempo para poder ver los partidos siguientes. Ver el Argentina-Países Bajos, el Países Bajos-Brasil y la Final.

Pero qué puede hacernos vibrar tanto. La garra alemana, su juego en equipo, su estrategia, su entrenador.

Qué hace la diferencia. Simple. Los mocos. Joachim Löw no lo esconde. Mira a sus jugadores. No mueve una ceja. Come moco.

El moco no es como cualquier bocadillo. No hace bulla como las bolsas de chizitos. No viene en un envase engañoso lleno de aire como las papas chip. No empacha, como el pop corn.

Seamos francos, la comida peruana no es muy nutritiva. Razón tenía Iván Thays cuando definía a la mayoría de nuestros platos como “un petardo de carbohidratos al cubo”. Si no, analice el último ají de gallina que ingirió.

Uno es lo que come y en el moco puede radicar el secreto del éxito alemán. “El moco está compuesto en un 95% por agua, un 3% de elementos orgánicos y 2% de minerales. Como elementos orgánicos, el moco está formado por numerosas proteínas, en particular mucina, albúmina, Ig, encimas y aminoácidos. La albúmina es la principal proteína plasmática que se encuentra en el moco”, sostiene un artículo sobre la mucofagia.

El moco, además tiene una virtud que muchos otros alimentos no tienen. Está al alcance de todos y, dependiendo de la estación, suele ser más que abundante. ¿Cuántas manos con moco salen en hora punta por las ventanas de los autos detenidos en un semáforo para expulsar moco? En un país donde los niños ya no comen ni quinua, porque es más rentable venderla para exportación que comerla, el moco podría ser la mejor alternativa: qué sería de una selección peruana con un Chorri más alto, un Waldir que tomara mejores decisiones, un Manco que pueda bajar del taxi sin ayuda.

Gastón, si tiene alguna idea de los negocios gastronómicos, podría dedicarse desde ya a planificar una nueva carta para sus restaurantes. Cambiar la cancha previa al ceviche, mejorar el puré de espinaca y reinventar el arroz verde. ¿Sería un crimen contra la tradición? No lo creo. Para ganar en el deporte hay que cambiar muchas cosas, no solo el himno, los técnicos o jugadores. Somos libres para hacerlo, seámoslo siempre.

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